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miércoles, 26 abril 2017
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URGENTE

Comiendo
boletus con Lister

BUENA DIGESTIÓN. “El asador Santa María está próximo a llenarse; fuera, once grados y sol, y dentro y fuera, día de fiesta”
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Cada uno siente que está más cerca de los dioses donde quiere. Ese cerca (o con) suele coincidir con un momento de felicidad o, más modestamente, de placer. Nuestras iglesias —y muy especialmente la católica— nos situaron la gloria en los cielos y la pena en el suelo: lo bueno está arriba y abajo la rebusca. Merodear por el cielo es, entonces, sinónimo de felicidad y gusto: en tanto nuestro deambular sea más alto mayores serán los goces. Claro que esa visión tan acabada de Dios=felicidad eterna la viene erosionando el tiempo desde hace algunos siglos. Relatar los pasos dados en esta deriva sería obra de enciclopedistas; quedémonos para el caso (este artículo) solo con una conclusión muy provisional: también en el suelo lo podemos pasar muy a gusto. La gran mayoría de occidentales al menos lo cree así sin lugar a dudas. Provistos de un beso, un buen tenedor y los ojos abiertos a la naturaleza y las gracias de los hombres, estamos dispuestos a esperar la llegada (o no) del paraíso sorteando con la risa esta tierra sembrada de cepos como calvarios.

Este pensamiento en acción es el que detestan miles de curas, imanes y popes. Pero qué le vamos a hacer, al fin y al cabo nadie les impide atiborrarse de ángulas y buenos vinos en su refectorios tan confortables.

Hoy tocar el cielo es sentir que estás en él después de trasegar una jornada particular desvelando el vino nuevo en los lagares de la sierra de Montilla. (Vino chiquito algo carbónico, con chispas dulces y esa arquitectura del caldo grande que será dibujada en el paladar). En el primer bocado que das al rugette recién salido de la piedra ardiente, y apenas abierto, que te ofrece un chiringuito de Asila. Dos copas de champán barato en un bar anónimo y limpio de la Viena otoñal, que comienza a devorar la noche al paso del bretón de una carreta de percherones que lleva el último porte de cerveza del día a la Ottakringer. El café arábigo que te sacó del vértigo único que es despertar en el oasis egipcio de Siwa... o aquel pisto campesino con morcilla lustre que comiste en una raña que te transformó en gladiador siendo tú solo un hijo de la sierra.

Y no me resisto a contar mi último paseo por los bordes de la gracia. Partimos hace unos días la familia hacia El Escorial filipino. No buscábamos exactamente comer allí, más bien queríamos sierra que nos llenara de aire y claridad y nos proporcionara unas setas del tiempo, un asado de cabrito, acaso, y un buen tinto de nuestra mesestas. Trepamos por la sierra. Entonces tenemos que superar la Cruz Verde, con sus montañas a calvas, y enfilar hasta Santa María de la Alameda.

Hacía bastantes años que no llegábamos hasta este pueblo diminuto. Está igual que siempre, parecido número de casas aunque todas remozadas y lustrosas. Incluso alguna buena influencia ha procurado la instalación de un pequeño polideportivo a la intemperie al que no le faltan sus dos pistas de padel (160.000€ la broma canta un vecino).

Llegar hasta el límite mas bravío de la la provincia de Ávila no es cualquier cosa, y más si la señal carretera te indica la proximidad de la población de Peguerinos, primera victoria de la República sobre el ejército sublevado de Franco, primera gran exhibición de milicianos y los jefes que ya famoseaban como Mangada, el general del pueblo.

El asador Santa María está próximo a llenarse; fuera once grados y sol, y dentro y fuera día de fiesta. El dueño del restaurante —“Hemos cumplido noventa años, somos la cuarta generación”— se mueve por la sala como un viento a cincuenta nudos, ventisca a ratos, veleta desbordada otros. Se detiene en una de sus múltiples pasadas ante tanta llamada y manoteo. “Buen vino de Ribera o Toro, boletus a la plancha, unas croquetas y nos das a probar el cabrito asado”. “Así me gusta, con determinación. No se arrepentirán. Volverán”. “Ya hemos vuelto”. “Entonces sabrán que están ustedes en la casa que fue cuartel general del ejército republicano en el frente de la sierra. Aquí mismo comió Lister”.

Y nada más hubo. Comimos como dios en la casa que acogió a Lister. Serpenteando cuesta abajo en el coche después de una larga caminata entre fortines, trincheras, refugios, casamatas y nidos de ametralladora, pensé que quizás Miguel Hernández habría hecho verso sobre los sucesos habido en tan altos collados. Y lo encontré: “Mañana de Peguerinos,/con El Escorial al fondo;/ ladra La ametralladora./Suben lo mismo que troncos,/ entre los troncos, los hombres./Son españoles y moros.../Bustamet Alí Mohamed,/ barba blanca, negros ojos,/ arrastrándose en la hierba,/ dice alzándose de pronto/ ante los fusiles solo:/¡Camaradas, no tirar;/no tirar, que yo soy rojo”.