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La hamburguesa digital

BUENA DIGESTIÓN. “El comercio que conocimos lo viene sepultando la digitalización y las nuevas formas de vida”
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12/02/2017

El comercio mundial observa, con miedo y admiración al tiempo, cómo conglomerados galácticos como Amazon o Alibaba lo invaden todo. Son tarántulas siderales que con sus patitas de seda invisible te llevan “todo lo que pidas a donde quiera que estés”. Qué hacer, pues, con la tienda o el restaurante. Aliados con la revolución de los transportes, las telecomunicaciones y los inventos diarios de drones, appes y legiones de jóvenes en busca de trabajo, se adueñan con pasos de gigante de un espacio que tradicionalmente dominó la calle: mercados, tiendas, bares y terrazas. El teléfono inteligente, ¡ese prodigio!, las aplicaciones que te abren la puerta de cualquier deseo por increíble que parezca y esa economía colaborativa que se extiende como una mancha de aceite incolora por el mundo, han decidido que pueden con todo y están decididos a transformar nuestros gustos y costumbres y poner patas arriba nuestra vieja civilización que viene de la Revolución francesa.

El comercio de grandes superficies y almacenes se agrieta. Pronto esas grandes naves de luz y lujuria consumista serán achatarradas o serán transformadas desde las raíces. Todos seguiremos comiendo, vistiendo y disfrutando de los mil reclamos del ocio. El mismo dedo y parecida tableta que hoy nos alcanzan las noticias hasta la pantalla, que es solo nuestra, nos traerán la comida, abrirán el restaurante y adornarán con un ramo de flores nuestra casa (o allí donde quiera que estemos). Y todo será progresivamente más barato. El futuro digital que ya rozamos ocurrirá algo parecido que con los electrodomésticos, los ordenadores o los vuelos transoceánicos, que se irán abaratando hasta que podamos disfrutarlo todo.

En las grandes ciudades del mundo va desapareciendo el ruido temerario del chico con moto del Telepizza; en su lugar encontramos la silenciosa bicicleta sobre la que unas piernas jóvenes mueven todo: las comidas y las cenas te las sirve el restaurante en tu casa o en el parque. El comercio que conocimos lo viene sepultando la digitalización y las nuevas formas de vida que acarrea. La misma inteligencia que vigila el crecimiento de las diminutas planteras de cebolla en el Campo de Cartagena y ordena el momento en que hay que pincharlas en tierra por mulas que son robots, nos descubre que falta leche, huevos o cerveza en nuestra nevera y raudo la repondrán a la hora en que sabe que estamos en casa.

¿Para qué valdrán, entonces, tantos supermercados grandes y pequeños, restaurantes, tiendas, incluso especializadas, y miles de locales de la vida loca? Aquellos que piensan para grandes inversores financieros e industriales decididos empeñados en este negocio, su afán principal hasta el momento viene siendo idear fórmulas para retrasar todo lo posible los efectos de esta la avalancha tecnología que ya tiene agarrado el futuro por “allí mismo”. Pero a pesar de tanto esfuerzo los hipermercados de lunes a jueves son desolados óleos a todo color, al tiempo que el pequeño súper de cadena se cuela por las callejas del barrio como hasta hace bien poco lo hacían los colmaos chinos o paquistaníes. Es una resistencia que se sabe vencida, como las industrias del motor de gasolinas o las empresas periodísticas de papel y camiones de reparto.

¿Se replegarán pronto como hacen los bancos, hasta ayer mismo faros del poder en las esquinas postineras de España? Nadie sabe cuándo, aunque pronósticos los encontramos a barullo. Cuando en los primeros setenta los hipermercados franceses aparecieron por España, en las pequeñas ciudades españolas, que no eran otra cosas que la suma de sus barrios, se daba por seguro que nunca entrarían en ellas porque jamás nadie ganaría en confianza (y proximidad) a nuestras tiendas de siempre. Al cabo de pocos años, esa tienda se convirtió en ceniza.

Hoy la figura que asoma por el horizonte es más radical aún que aquella ferocidad de lineales; lo que cambia es el hombre y no el tamaño y la oferta de la tienda. El hombre digital, que ya no compra periódicos y pronto ni siquiera tuiteara golpes de palabras porque su pensamiento se traducirá instantáneamente en un texto en la pantalla sin mediar su dedos, viene dispuesto a que el mundo le siga hasta adonde él se mueva; ni oficina, ni tienda, ni casa para toda la vida; busca que el mundo acuda a su encuentro y no al revés, como ha sido hasta ahora en la historia de la humanidad. Algo así como el gran invento futbolístico de Johan Cruyff: que corra la pelota, no el futbolista.