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BUENA DIGESTIÓN. “Siempre me ha parecido que poner en duda la seguridad de alimentos es una especie de terrorismo”
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19/03/2017

Nos están mareando (confundiendo) demasiado con lo que comemos en los últimos tiempos. Mal asunto. Si de algo debemos de estar seguros los humanos es de que lo que ingerimos no hiere y, además, es sano. Pero no ocurre así en el clímax máximo de cocineros y sus fogones, cuando preparar una merluza en salsa verde es prime time y los cocineros son todos hijos de Zeus, aunque muchos tengan cara de cemento. Resulta que son sospechosos el azúcar, las harinas, todas las grasas, las salsas, los platos preparados, las sacarinas, los aceites de palma y cacahuete y ¡cuidado con el agua que bebes!

Aunque lo más grave es esa amenaza fantasma que sostiene que los platos preparados, precocinados y los añadidos de acá y allá que se hacen a centenares de alimentos básicos como el pan, la leche, el jamón... no son de fiar: o te engañan vendiendo por leche de vaca lo que es suero, o te meten grasas saturadas divinas de la muerte hasta por el orto.

Lo más curioso, no obstante, es que quienes divulgan masivamente estas advertencias te aseguran que el alimento sospechoso lo come el pobre; un alimento seguro, eso sí, pues casi nadie muere ya de diarrea, pero que te enferma con lentitud hasta conducirte sin remisión a la diabetes, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares. Y claman porque abominemos de esas salsas de las que el fabricante solo sabe que no matan y nada más; o pugnan porque pongamos al azúcar los impuestos del alcohol (¿por cierto, la cerveza normal tiene alcohol?) y se quedan tan panchos: más sabios y responsable que un Nobel.

Lo que muy pocos de ellos ayudan es a dar pistas sobre cómo podemos ir cambiando el ambiente obesogénico en el que vivimos, cómo vamos abandonando las costumbres enfermizas de ingerir el súper wopper. Es decir, por qué puñetas la fruta no se ofrece al precio de la gaseosa o el pescado deja de parecerse a la carne (?) de pollo. De esta parte del dilema público solo hablan algunos locos extremistas, sí, porque ningún poder público se ha decidido a trabajar en la búsqueda de fórmulas que resuelvan el enigma de por qué el tomate vale a 5 euros el kilo.

A mí siempre me ha parecido que poner en duda la calidad, y mucho más la seguridad de los alimentos, es una especie de terrorismo. Ese es el miedo “que más mortifica”, pero es el que más beneficio aporta a los malvados que lo propalan con el fin de achatarrar al adversario.

En los últimos tiempos estos abundan en las administraciones públicas y universidades, centros de investigación, redes y medios de comunicación convencionales. Nos cuentan que para alimentar a una población mundial, que se duplicará en el horizonte del 2050, es imprescindible continuar el camino emprendido hasta ahora, al tiempo que su contraparte en la investigación y la ciencia asegura que la mayoría de la ingesta de los paises ricos es crecientemente insana y ayuna de calidad, qué necesitamos políticas sociales que nos ayuden a salir de este manglar.

La confusión, pues, es máxima y el aparente choque entre industria alimentaria y sociedad atónita no acaba de alumbrar resultados saludables. A los únicos que les va de escándalo la cosa es a los vendedores de comida barata, ropa barata, frigoríficos baratos y motos de saldo.

P. D. Un centro de investigación alimentaria valenciano acaba de anunciar el descubrimiento de los genes del tomate de pueblo, o sea, el bueno. Pronto crecerá bajo los plásticos con esa gracia. ¿A qué precio pondrá el kilo el mercado?