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BUENA DIGESTIÓN. “Los cocineros son los grandes conquistadores que rinden al mundo a fuerza de sabor”
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29/01/2017

Tropiezan mis ojos con la imagen fotográfica, sería y serena, del cocinero gaditano Ángel León (restaurante Aponiente, dos estrellas Michelin) que inunda el acristalado principal de una de esas modernas dependencias de tratamiento dental, una de esas cadenas que, a menudo, aparecen destacadas en las páginas de sucesos del periódico. En esa misma instalación e idéntico lugar de privilegio de una zona muy concurrida de Madrid, he contemplado en pasadas fechas los rostros de Iniesta y antes Iker Casillas, dos futbolistas campeonísimos y archifamosos.

Pero ahora tropiezo con el bueno de Ángel León, un cocinero que promociona una de esas cadenas de implantes dentales a mogollón, subrayando un lema un tanto ramplón: “ La constancia es la clave de mi método”. Al doblar la esquina, a solo seis pasos nada más, me asalta un brinco de confusiones: ¿En qué se parece León a Casillas? ¿Que méritos acumula para llamar la atención masiva del vasto gentío hacia el que se dirige la cadena de curetajes bucales? No los encuentro. Cinco minutos dando vueltas a las meninges y no hallo respuesta. Me rindo y me respondo de manera idiota que, a lo mejor, el señor León es accionista del grupo.

Pero no. Pronto me saca del error mi amiga Ruth, la joven reina de las redes y las tendencias: “¡Si Ángel León como David Muñoz, Joan Roca, Paco Roncero, Subijana, Arzak... son más conocidos que la Chelito! ¡Si están todo el día y a todas horas en las televisiones haciendo malabarismos culinarios en mil ferias, concursos y saraos!”. Tiene razón. Los cocineros estrella son los pop star del nuevo milenio; la cresta de David Muñoz (así como los glúteos de su mujer) es más conocida que las cabriolas narcisistas de Sergio Ramos; el narizón de Joan Roca es tan reconocible como la calva de Iniesta, y hasta en Sevilla pronuncian el apellido Ruscadella sin el menor tropiezo.

He realizado algún comentario al hilo de parecidos episodios en meses pasados, sobre todo a propósito de la retórica publicitaria que los viene acompañando. En ocasiones son los nuevos conquistadores españoles que rinden al mundo a fuerza de sabor y fantasías, y en otras son los nuevos guías del universo que influyen tanto como Copérnico, Descartes o Picasso. Pero la fotografía de Ángel León, que transpira una seriedad ritual, me lleva a pensar que estas gentes (y los propagandistas listos que los conducen de la Ceca a la Meca como millonarios cómicos de la legua) estarían cubriendo los penúltimos escalones de esa torre imaginaria que viene creciendo bajo sus pies en los últimos años. Porque si hacemos memoria de sus éxitos —y tantos sucesos acaecidos— en los últimos tiempos, solo nos alcanzan imágenes de concursos celofán y filigranas de fuegos de artificio para que Ooooohhhhh, los admiremos.

Salvando las distancias, acontecimientos como el Madrid Fusión (cuya XV edición acaba de terminar y buena parte de esta troupe monta maletas y se dispone a volar rumbo a Manila para celebrar la misma representación de Doña Rosita la Soltera solo que con ojos rasgados) se parecen bastante a las Cumbres de Davos. Durante más de dos décadas los más ricos y poderosos del mundo —con sus economistas y matemáticos de cabecera al lado— se han dado cita en la exquisita ciudad suiza para enseñar al mundo el armiño de su poder con la excusa de que se daban los mejores discursos. En la última cita de Davos —pero también las dos o tres anteriores— ya se olía el humo de que igual sería oportuno cerrar este santuario de poder, pues los labios de tantos oradores no saben decir lo que le ocurre al mundo en realidad. ¡Para qué pontificar entonces!

Sí, a los grandes cocineros, como a los más ricos y sus adjuntos, se les aprecia parecida fatiga de materiales. Hace tiempo que se olvidaron del valor de las salsas madre y el olor de auténtica cuadra.