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domingo, 27 mayo 2018
11:03
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URGENTE

Acaba de empezar el año 2018. Al parecer llega impaciente. Y llega con nubarrones para las almas. Llega, a su vez, incierto y tozudo, avasallando a la vida y dejando a su alrededor crespones negros y retales de vida que se escapan.

El año empieza rompiendo en mil pedazos el emotivo equilibrio de los corazones. Todo es desolación. Todo en carne viva. Ha muerto Juan, Juan Risquez Molina. Y Martos palpita con la fúnebre sinfonía del dolor. El peñón enmudece.

La ermita de la Virgen de la Villa se queda en respetuoso silencio. San Bartolomé vive, una vez más, y descarnadamente el martirio heroico de la condición humana. Y los marteños, con tristeza, lloran a su hijo.

No es un hijo cualquiera, aunque aquí, un cualquiera, es ante todo hijo. Pero de entre los hijos existe en cada familia el hijo mayor, el hijo que con su sobreabundante virtud remueve y da señorío a los suyos, a su gente, a sus tradiciones, a sus sentimientos, a su riqueza interior, a su economía y a su valiosa herencia histórica.

Juan, nuestro Juan, es el tesoro escondido que a lo largo de los años ha mostrado la cara amable de una ciudad esbelta, robusta y enraizada siempre en la vivacidad de sus grandes y pequeños aconteceres. Los premios, los elogios y las menciones recibidas por Juan no son nada al lado de ese, su corazón, que cada día latía con fuerza.

Su lenguaje carismático tenía el embrujo de su magia interior. Magia que, además, alimentaba, a cada instante, su conducta. Conducta está, llena de honradez, sensatez, lealtad, amabilidad y cariño.

Que Dios, en su infinita bondad, otorgue siempre a nuestros pueblos y ciudades el talento de esta gente de bien, para que ellas sigan alimentando a nuestras nuevas generaciones tan necesitadas de cordura, sensatez y dignidad. Silencio... ¡Qué pasa! Desde el cielo, desde la infinita lejanía, llega una voz. El eco del peñón marteño redobla su fuerza.

El frío de estos días de febrero encoge de incertidumbre al que la escucha. La voz, anclada en el tiempo, se oye de nuevo, y ahora en el silencio del amanecer se distingue aún más. ¡Carmen no tardes! Y desde las entrañas de la tierra y con voz débil y entrecortada se oye la respuesta: “¡Juan, estoy en ello! ¡Pronto voy a abrazarte!”. Y, a la vez, el cielo y la tierra lloran de nuevo.

Aunque el cielo lo hace vestido de fiesta. Una fiesta blanca y reluciente. ¡Han llegado dos almas inmaculadas! Y la tierra lo hace llena de dolor. Es el lamento de sus hijos, de sus nietos, de todos los que los hemos conocido. Carmen se ha marchado también. Y lo ha hecho sin avisar, para no dejar en nosotros una mayor tristeza. Se ha ido, como ha vivido, en silencio. Sin hacer ruido. Se ha ido con su sonrisa entrecortada por el dolor. Se ha ido amando. Se ha ido dejando un surco fecundo. Y se ha ido al encuentro de Dios, el encuentro de los suyos y al encuentro de su gran amor: Juan. Su querido y entrañable Juan. Su esposo. El padre de sus hijos y el abuelo de sus nietos.

Se ha ido al encuentro de ese amor con el que ha compartido tantas vivencias. Se ha ido al encuentro de su marido, el ídolo heroico de sus miles de batallas cotidianas. Se ha ido al encuentro con la plenitud, al encuentro con la dicha. Estos padres, tan queridos, se han ido al son de la vida, en volandas, rodeados del amor de los suyos.

El inconmensurable episodio del verdadero amor ha aparecido definitivamente en sus vidas. Es una luz nueva, es el grandioso cosmos de lo trascendente, es el colofón de una sublime y bella realidad. Es Dios que ha venido a por ellos y para vivir con ellos. Ellos ya han conquistado el eterno galardón. La eternidad. La dicha verdadera.