Actualizado
jueves, 17 agosto 2017
23:56
h
URGENTE

Admiro y envidio a quienes, con desenvuelta facilidad, son capaces de reflejar, en un periquete, una semblanza. Creo que la dificultad se acrecienta inversamente al significado que para uno tiene la persona reseñada. Cuanto más cariño, roce, respeto, consideración, devoción... peor para el reseñista. Y es que la expresión de los sentimientos puede resultarnos vacua si no es profunda, y si lo es, siempre faltarán palabras adecuadas.

Ana, mi prima, casi pasó desapercibida por esta vida, porque era discreta, inteligente, prudente, agradable y siempre sabía estar. Lo más importante fueron sus hijos, sus éxitos, su felicidad. Les inculcó aquellos valores tradicionales de mesura, honor, equidad y filantropía. Estaba orgullosa de ellos.

Ana, mi prima, era temerosa ante las situaciones desfavorables. Con habilidad ejemplarizante ella marcaba discretamente el camino de la caridad cristiana y la piedad hacia los que la necesitaban. Siempre tenía justificación para las flaquezas de los demás.

Ana, mi prima, nunca perdió el contacto con otros miembros de la familia, incluso con los de otras ramas adyacentes, sin vínculo alguno de sangre con ella.

De Ana nunca escuché maledicencias ni banalidades. Y es que Ana, mi prima, fue un regalo para la familia y para la gente que la trató, un ejemplo a imitar, un encanto de criatura, una mujer sencilla, como aquellos ejemplos bíblicos o de familias honradas, ligadas a la labranza.

He querido encontrar alguna aleluya que la identifique, y sólo me ronda aquella que Paco y yo, su hijo y su primo, incluimos en el himno a nuestra Patrona: “Hortelana de bondades.” Hortelana, por el trabajo esmerado y primoroso, meticuloso y fructífero que le tocó faenar en la besana de la vida. Bondad, porque la derrochaba a borbotones, como un venero inagotable.

Ana, mi prima, fue una mujer fiel. Creyó en la salud redentora de Cristo y en las mercedes de María. Nosotros también creímos en ella. En estos días cercanos a la festividad de Nuestra Abuela, la recordamos.

Ana Rosales era una persona entrañable. Estaba estrechamente ligada con Aurora Rosales, la tía de mi madre. Siempre atenta, Ana me pregunta por mi progenitora y por mis hijos. Se trataba de una mujer resuelta y pizpireta, además de muy familiar. Vivía muy cerca de sus hijos, Paco, Teresa y Eloísa Martín. Lo que más me llegó de ella fue su sencillez y energía, que conservó prácticamente hasta el final. A pesar de su edad, salía a la calle con frecuencia y era habitual verla mientras iba a hacer mandados. Descanse en paz esta buena mujer alcalaína.