Actualizado
jueves, 17 agosto 2017
21:42
h
URGENTE

Es el momento al que siempre quiero volver, donde encontré la verdadera felicidad. Era una tarde lluviosa, mi abuela Carmen sentada en una silla de anea frente a una ventana, y un niño refugiado en su regazo echando migajas de pan a la calle para poder ver bajar pajarillos a comérselas. Parece algo tan insignificante, que no es entendible que sea para mí lo más importante de mi vida, pero, se lo aseguro, que lo es y cada vez más.

Esos instantes eran tan mágicos por muchísimas cosas, pero sobre todo porque me encontraba en las piernas de una mujer excepcional, de carácter sencillo, humilde de hábitos y costumbres, disciplinada y rebelde a la vez, trabajadora en todo lo que hiciera falta para dar de comer a sus hijos. Su incansable lucha no evitó que la puñetera gripe, el traicionero río Guadalquivir y un maldito resfriado se llevaran a tres de los ocho hijos que engendró en su bendito vientre. ¡Cuánto dolor arrastró desde entonces!

Estaba ya rota de tantos sinsabores y de darle bocados al aire para poder llevarle un trocito de pan a sus nenes. Engañada y a veces perseguida por los que siempre mandaban. Curtida en mil batallas en Sierra Morena, donde vivió en una choza construida con ramas de jara y calentada con el estiércol de animales. Resignada y paciente, y con una belleza inconmensurable. Estaba vestida siempre con riguroso luto, desde que sobrevivió a esa despiadada Guerra Civil y aguantó como pudo los durísimos años del hambre.

Todavía me escuecen sus lágrimas de angustia y miedo que caían en mi espalda mientras le leía las cartas que el más pequeño de sus hijos, el “Nani”, nos mandaba desde el Sahara. Se ponía a temblar cuando escuchaba por la radio lo que llamaron “la marcha verde”, porque de nuevo podían arrancarle otro trozo de su corazón. Y sabía que no podría soportarlo.

Aún oigo sus sonrisas cuando me dictaba las cartas donde le decía a mí tío que se quitara esa fea barba que se había dejado en la mili. Y yo le explicaba que “barba” era con dos “bes”, como me había explicado don Francisco, “El Ensalaí-llas”. Ella, sin saber ni leer ni escribir, me enseñó y me dejó de herencia una verdadera enciclopedia de la vida.

En mis mejores sueños siempre está ella allí, en ese instante, junto a su primer nieto, con la mirada perdida en el horizonte, y me imagino que con miles de recuerdos de tantos días de vida como le había ganado a la muerte, en un destino que casi siempre le traicionaba.

Luchó hasta que ya dijo basta, con un solo riñón durante mucho tiempo. Pero nunca perdió la fe hacia una imagen “morenita y pequeñita, lo mismo que una aceituna...”.

Y mientras ella cantaba el himno de la Virgen de la Cabeza, yo sonreía viendo como los gorriones se llevaban mi pan mojado. Mi felicidad volaba con ellos hasta donde me encuentro ahora, empapado en lágrimas de alegría, pero soñando con esos días de lluvia cuando era el niño más feliz del mundo junto a la más maravillosa iliturgitana.

Gloria eterna para mi abuelita Carmen.