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URGENTE

Leyendas de Jaén para la noche más misteriosa

Pepi Galera
Ala luz de una vela o caminando por las empedradas, estrechas y oscuras calles del casco antiguo. Historias de almas que no encuentran descanso y se dejan ver por los vivos. La noche de Todos los Santos, víspera del Día de los Difuntos, es la más misteriosa del año. En ella, almas y seres vivos están más cerca que nunca y no hay mejor forma para unir estos dos mundos que las leyendas. No, no es una forma más de celebrar la importada moda de Halloween.

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30/10/2011

Compartir historias de misterio forma parte también de la tradición mediterránea. Y, como “material”, tampoco hay que recurrir al imaginario anglosajón. Jaén es tierra de leyendas. Es tierra de misterios. Aquí una selección de diez entre los centenares que la tradición oral, recogida por varios autores, ha legado a la cultura popular actual. 
“Son leyendas para pasearlas por Jaén, para ver sus rincones y dejar volar la imaginación, saborearlas sin prisas”. Matías Ráez Ruiz es uno de los autores que ha recogido la tradición oral y compilado anteriores publicaciones, sobre todo, de Lope de Sosa, para tejer “Leyendas de Jaén y otras historias”. Un trabajo de más de cuatro años en los que dice se ha dejado, entre otras cosas, cuatro dioptrías y ha conocido un buen puñado de personas que lo han hecho pasar de un escepticismo en asuntos paranormales al mayor de los respetos. Y es que, para él, hay personas que tienen una especial sensibilidad para sentir. En este libro, ilustrado con acuarelas de Juan de Dios López Jiménez, recoge, clasifica e incluye un toque de romántica literatura a las leyendas tradicionales de Jaén. En este reportaje se extraen diez de ellas recreadas por este investigador y escritor. 
Creer o no en ellas es una cuestión que hay que dejar aparte, solo se trata de disfrutar de esta parte de la cultura popular, que hilvana personajes históricos con otros inventados en escenarios de la ciudad. Desde el Castillo de Santa Catalina, donde Jasmina espera el regreso de su amado, al Antiguo Hospital de San Juan de Dios, donde pasean las almas errantes de quienes fallecieron allí, pasando por la Catedral, el Palacio de los Vélez y los Baños Árabes. Conocer la cara más misteriosa de Jaén a través de sus leyendas y sus rincones se presenta así como una buena propuesta para disfrutar este año de la noche de Todos los Santos. 

El niño de la Catedral


“Un señor mayor me contó que, allá por 1950, un niño se subió a una estructura de la Catedral para ver salir a Nuestro Padre Jesús, resbaló y cayó al suelo, lo que le produjo la muerte. ¿Tendrá esto algo que ver con el resumen que hago del siguiente relato?
Alguien decidió quedarse a dormir en la Catedral para poder contemplarla al amanecer sin nadie que le estorbase, pero, de repente, se cruzó en sus sueños la imagen de un niño. Despertó sobresaltado y miró a su alrededor: no había nada. Parecía tan real... Instantes después escuchó un llanto que parecía provenir del coro. Volvió a mirar. Tosió y el llanto no cesaba. Esperó un poco, cogió una vela de la capilla y se acercó al coro. Allí no había nadie; se sentó en un banco; apagó la vela y esperó. Pasaron las horas, eran cerca de las cuatro cuando volvió a escuchar el llanto, primero más lejano, luego muy cerca de él. Al cabo de un rato decidió hablar. ¡Quién anda ahí! En ese momento, cesó el llanto y notó una ráfaga de aire frío por la espalda. No se atrevió a moverse. Lo volvió a notar por todo el cuerpo. Se giró y vio la silueta de un niño, como una áurea blanca, dirigiéndose hacia la Sacristía. Al acercarse a la puerta desapareció.
Los primeros rayos del sol entraban por las vidrieras. Ahora no podía contemplar la Catedral, no se quitaba al niño de la cabeza. Esperó a que se abran las puertas. Lo hicieron temprano. Buscó al capellán y le preguntó si alguien había visto alguna vez un fantasma. Le contó que había rumores de gente que afirmaba haber visto a un niño corriendo por las naves de la Catedral, pero concluyó diciendo que eran habladurías”.
Se trata de un niño de 10 a 12 años que se ve correteando por la Catedral, con unos pantalones cortos, con tirantes y en cualquier época del año. El niño ha sido visto por trabajadores en las obras de reparación, o por el propio sacristán, que al ir a cerrar las puertas y ver al niño corriendo, fue tras él para hacerlo salir y, al doblar el crucero, se encontró con que había desaparecido. Esta entidad tiene cierta atracción por la Virgen de las Angustias. En tal sentido, cuando se ha ido tras de él en Semana Santa, han visto cómo se mete bajo el trono de esta Virgen y, al levantar los faldones, el niño no estaba.

Palacio de Los Vélez

 
“Vivía en aquella mansión una familia adinerada y de buena posición social. La hija, piadosa, culta,  con una sensibilidad exquisita, traía boquiabiertos a todos los caballeros casaderos de la época, pero por mala fortuna se enamoró de un joven que trabajaba en las caballerizas de aquella casa.
Los padres no vieron bien aquella relación por lo que como ellos a escondidas continuaban  viéndose, emparedaron a la hija en una habitación de la torre (encima del patio,  lo que hoy es la biblioteca), dejándole tan solo un libro de oraciones. La joven pudo abrir un hueco muy pequeño en la ventana retirando algunas astillas. Con ellas, se pinchaba la muñeca para así poder dar sangre con que escribir en las hojas arrancadas al devocionario. Mientras, el amante esperaba sumiso cada noche el mensaje de su amada, alimentado por el candor, la dulzura y la tristeza que relataban las hojas de aquel libro, y que llegaban hasta el patio desde la rendija hecha a la ventana. La muerte le sobrevino por tanta sangre derramada y su espíritu quedó vagando por las habitaciones del edificio”.

La Mona de la Catedral

 
“Parece ser que, a finales del siglo XIX, unos niños que habían oído de sus mayores el encantamiento maléfico que pesaba sobre la pequeña figura —lo que les hacía rehuir este lugar para sus juegos—, por dárselas de valientes, decidieron cierta tarde bajar hasta la Plaza de San Francisco y pasar bajo la imagen demoníaca de la Mona, ante el estupor de las personas que por allí andaban, pues evitaban tanto mirarla, como pasar cerca de ella. Desoyeron los niños las asustadas peticiones de aquellas gentes, a las que parecía que les iba en ello la propia vida. Primero más retraídos y, después, más resueltos, pasaron una y otra vez bajo la adusta silueta de aquella imagen a la que, una vez se hubieron desinhibido totalmente, le proferían insultos y gestos soeces.
De vuelta a su barrio, los niños fueron recibidos como héroes por la chiquillería y, sobre todo, por las niñas, que vieron en ellos a auténticos capitanes. Enterados sus padres, les recriminaron duramente su actitud y les prohibieron tajantemente volver por aquel lugar. Pero, al igual que en las batallas el tedio relega a la poltrona a sus más esforzados soldados, en el caso de nuestros protagonistas, la fama adquirida fue perdiendo intensidad. Incluso hubo quien afirmó que la proeza de aquellos rapaces fue una invención.
Destronados pues de su pequeño pedestal de gloria, concertaron en secreto una nueva visita a la Plaza en compañía de aquellos que dudaban de su anterior bravura.
Una vez llegados al lugar, se pavonearon largamente de su audacia y valentía, mientras que algunos de ellos permanecían un tanto alejados para no verse sometidos a la maldición de la Mona. Fue entonces cuando el más engreído, envalentonado por las miradas de admiración de los que se encontraban más lejos, hizo alarde de su inconsciencia y tomó varias piedras del suelo, lanzándolas con más o menos fortuna a la imagen del judío, hasta que una de ellas impactó contra la nariz, cercenándosela. El miedo y admiración combinados de los presentes, se tornó en estupor cuando vieron que, a los pocos minutos, aquel niño comenzaba a sudar y a sentir escalofríos.
De vuelta a la casa, los padres llamaron al médico. Este le aplicó ungüentos y cataplasmas y le hizo ingerir pócimas y brebajes, pero el niño, lejos de mejorar, se convulsionaba en la cama entre gritos aterradores. ¡Vete, vete!, repetía una y otra vez.
Cuando amaneció, dejaron de escucharse los gritos. Ahora eran chillidos lastimeros los que salían de la estancia. Eran los gritos de la madre, contemplando el cuerpo sin vida de su hijo”.

Leyenda del albañil emparedador


“A principios del pasado siglo, los jornaleros que buscaban trabajo se concentraban en la Plaza de San Francisco, y allí pasaban todo el día por si alguien los contrataba.
Ya estaba cayendo la tarde y un lento peregrinar de aquellos a los que la fortuna no les había sonreído, iba dejando la plaza solitaria. Julián, el albañil, se despidió de sus compañeros: ‘Aquí está todo el pescado vendido’, les dijo, con cara de resignación, y enfiló sin más la calle de los Álamos.
Por ella, y a esa hora tardía, venía en dirección contraria alguien con facha de pudiente que, viendo las trazas de Julián, se dirigió a él y, tras preguntarle y confirmarle que era albañil, le ofreció una importante suma de dinero por hacer un trabajo especial en ese momento.
El albañil aceptó sin dudarlo. El contratador le vendó los ojos y lo tuvo dando vueltas por Jaén durante un buen rato, hasta parar en un sitio desconocido.
Dos aldabonazos a la puerta fueron suficientes para que esta se abriera sigilosamente. Entraron acto seguido y llevaron al albañil hasta una dependencia. En ella le quitaron el vendaje y escuchó lo que tenía que hacer, que no era ni más ni menos que tapiar un hueco de la pared.
Al lado del hueco, tenía ladrillos, yeso y un palustre. Se puso a trabajar de inmediato pero, cuando colocó el primer ladrillo, comprobó horrorizado que en el interior del hueco se encontraba un cadáver. La bolsa del dinero tintineaba en la mano del contratador y la necesidad le hizo continuar su tarea. Aquella noche y ya en su casa, el albañil no podía dejar de ver los acristalados ojos del muerto incidiendo en sus pupilas, ni a la siguiente, ni a la otra.
Una mañana, el albañil fue encontrado por su esposa colgado de la viga del comedor, con la lengua fuera y los ojos desencajados de sus órbitas”.

 

El espectro de la Fuente de la Peña

 
“A un arriero que regresaba de Los Villares, al pasar por la Fuente de la Peña ya de noche, le pareció oír los sollozos de un niño en un lavadero donde las mujeres subían a lavar la ropa.
El arriero tal vez pensó que se trataba del hijo de alguna de aquellas lavanderas que se había perdido. Buscó el origen de los sollozos y vio que era un niño de dos o tres años. Lo tomó en brazos y procuró tranquilizarlo. Cuando cesó de llorar, lo colocó atrás en la mula y continuó su camino hacia Jaén.
Ya entrando en el barrio de San Felipe, un poco antes de llegar a la Glorieta, el arriero empezó a notar que la mula iba tornando su paso en fatigoso. Parecía como si un peso muy grande la lastrara.
El hombre se extrañó, y cuando echó la cabeza hacia atrás para ver qué pasaba en la recua, se encontró con que el niño se había convertido en un ser enorme y monstruoso, una criatura de rostro terrible y enormes dientes. Y con cierta sorna, le preguntó: ¿Tienes dientes como yo?
El arriero, pese a ser un hombre hecho y derecho, descabalgó de un salto y, sin ocuparse de sus mulas que se desperdigaron por calles y caminos, salió corriendo al tiempo que se santiguaba”.
 

La casa del miedo en la Plaza de San Bartolomé

 
“Durante años se habló de una casa abandonada en la que se oían ruidos y se producían extraños fenómenos que se relacionaron con la presencia de duendes. 1866 es la fecha que existe en la puerta. La leyenda tiene varias etapas. 
La gente del barrio empezó a observar que todas las noches, a la misma hora, salía de esta casa un fantasma con su sábana, su vela y sus cadenas. Algunos, ya mosqueados, se juntaron para espantar a este ensabanado que, cuando vio el garrote dirigirse a su cuerpo, soltó la sábana y todos los arreos, dándose a la huida. Y es que el tal fantasma resultó ser el amante de la señora que allí vivía, y que usaba este ardid para no levantar sospechas.
La casa era en realidad la del Conde del Águila. Allí se produjo un dramático accidente que costó la vida de un niño de corta de edad, hijo del Conde, que murió al caérsele a la niñera desde una ventana. La familia abandonó la casa y la alquiló. Después murieron otros vecinos. Con el tiempo se cerró y empezó a decirse que en ella “había miedo”.
En la década de los años veinte del pasado siglo, una pandilla de niños, vecinos de los alrededores de la plaza, entraba en la casa. Subían a las buhardillas y, entre sus travesuras, movían tablones, hacían ruidos y accionaban los llamadores mediante cordeles, causando el miedo entre los vecinos. Después vino a instalarse allí el Registro de Rústica. En principio todo iba bien, pero, después, se observaron fenómenos paranormales: se encendían y apagan las luces solas, se abrían y cerraban puertas y cajones, los expedientes pasaban de uno a otro armario, se escuchaban susurros y gemidos. Al final, tuvieron que quitar las oficinas, volviendo a quedarse la casa abandonada. Remodelaron totalmente el edificio allá por 1990 y, de momento, no se ha apreciado fenómeno paranormal alguno”.
 

Leyenda del Padre Canillas

 
“En una de esas noches de invierno de Jaén, con lluvia y viento racheado que ululaba por entre callejas y balcones con aullidos lastimeros, y donde se hace inútil llevar paraguas, se cuenta que un mozo regresaba en torno a las once de la noche hasta su casa, en la Plaza de la Merced, después de acompañar y dejar recogida a su novia que vivía en el barrio de San Juan; pero cuando pasaba bajo el arco de San Lorenzo, se cruzó con un sacerdote que salía de la capilla que allí había. Era un cura todo vestido de negro y extremadamente delgado que, muy apurado, se acercó al joven y le dijo: ‘Mozo, por favor, necesito urgentemente que me ayudes a celebrar una misa penitencial para un difunto, pues mi monaguillo no ha aparecido, y no tengo más remedio que oficiarla a esta hora y en esta capilla del Arco’.
Al muchacho le dio fatiga decir que no y ambos entraron en ella. El cura se quitó el negro abrigo, resultando que, a falta de la casulla, ya estaba revestido para la celebración. La tenue luz de dos velas cuya llama oscilaba movida por el viento que a través de las rendijas de la puerta entraba en la estancia, creaba en ella sombras cambiantes, dándole a la misma un aspecto fantasmagórico. Al joven le castañeteaban los dientes por el frío y por la sensación de ultratumba que se respiraba, estando, como sabía que estaba, sobre la tumba de Juan de Olid.
Los preparativos parecían eternos, pero al fin comenzaron a oficiar la misa, y en latín, para mayor seriedad. Cuando el cura se tuvo que arrodillar, el mozo, a la vez que hacía repicar la campanilla, tenía que cogerle al sacerdote la sotana para que no se la pisara, bajando para ello la mirada al suelo, momento en que comprobó aterrorizado que de las botas del cura asomaban canillas, es decir, los huesos desprovistos de carne y piel.
El asustado mozo dio un brinco y, tirando la campanilla, salió despavorido de aquel lugar. Subió la cuesta a la carrera hasta llegar a la plaza de La Merced, donde otro sacerdote, viéndolo tan agitado, lo paró e intentó calmarlo. El joven le contó lo del otro cura: ‘¡En vez de piernas, tenía canillas, como las de los esqueletos!’. Entonces este sacerdote, sonriéndose, se alzó la sotana y le mostró los huesos de sus piernas al tiempo que le preguntaba: “¿Serían como estas?”
Lívido y con el corazón saliéndosele por la boca, el muchacho echó de nuevo a correr por las calles de Jaén pidiendo socorro y atropellando, en su desenfrenada carrera, todo cuanto se le ponía por delante”.

 Alí en los Baños Árabes


“En el año 1002, siendo rey en Córdoba Alhatan, le hizo la guerra el rey moro de Jaén, llamado Alí. Este venció a Alhatán y volvió a Jaén con todos los suyos, donde lo recibieron por señor.
Construyó unos baños y, estándose recreando en ellos, entraron tres eunucos vasallos de Alhatán y lo mataron...” (ahogándolo en el baño, a espada —cortándole la cabeza— o asfixiándolo al no poder salir del vaporoso baño). Añade Argote que los de Jaén proclamaron a Cacin, hermano del muerto, que se hallaba en Sevilla, de donde vino, siendo recibido por los berberíes que le acataron como Rey. Añade también que Cacín reinó tres años, cuatro meses... y que, descubriendo a dos de los tres asesinos de su hermano, los mandó matar.  Son conocidos como los “Baños del niño” (Hadman al Walad). El fantasma de este reyezuelo moro vaga por la sala templada del hadman y se manifiesta a la hora del “Ángelus”, absorbiendo la energía de sus visitantes, aunque no es la única entidad que vaga por sus corredores”.

Jasmina


“Era la amada del Condestable Iranzo; mora bellísima de ojos rasgados y verdes que vivía en los aposentos expresamente dispuestos para ella por don Lucas en el Castillo. Muchos nobles, envidiosos de la aventura amorosa que disfrutaban el paladín y su amada o, quizás recelosos por el trato tan favorable que daba a moros, gitanos y judíos, aprovecharon que Iranzo salió de Jaén por asuntos de guerra, para entrar en la habitación de Jasmina. Allí y, aunque estaba embarazada, la violaron y, después, la quemaron viva. Desde entonces, no es raro contemplar en los atardeceres solitarios y silenciosos, el llanto de una bella princesa mora por las almenas de la fortaleza, esperando a su amado.
Tal visión fue contemplada por el guarda del castillo, allá por 1960, cuando se estaban ejecutando las obras del Parador; concretamente, por la antigua entrada de este (escaleras de la cafetería). En alguna ocasión, al tomar una fotografía al cuadro del Condestable que hoy se expone en el salón de armas, esta ha salido velada. No se sabe muy bien si los sollozos que se escuchan y las visiones que se han constatado en el Castillo son por este episodio, por el de la mora del palacio de los Reyes (Convento de Santa Catalina), o por la mora suicidada por amor en Caño Quebrado.
Cuenta la leyenda que la hermosa Zoraida casó con Abu-Omar, gobernador de la ciudad, teniendo su residencia en el castillo.
Se profesaban gran amor; pero su felicidad fue efímera pues, asesinado Abu- Omar por un traidor, aprovechando que aquel tuvo que bajar a Jaén, y enterada de ello la bella Zoraida, esta enloqueció y huyó del castillo, encontrándola después en el mismo lugar en que asesinaron a su marido donde, por la pena, se hirió de muerte con la propia daga de su amado. Añade la tradición que en ese lugar brotó la fuente de Caño Quebrado, siendo la primera agua que manara, las mismas lágrimas de Zoraida. No se extrañen si al atardecer ven por allí los espectros de dos enamorados vestidos a la usanza árabe, fundidos en un abrazo de infinito amor. Refieren que este fantasma hace su aparición en el Castillo, en una habitación del Parador. En tal sentido, unas turistas allí hospedadas, comentaron a una guía que en el piso de arriba se escuchaban gritos y correr muebles y que, asomándose una de ellas a la puerta, vio cómo una mujer disfrazada de princesa mora la miraba fijamente y desaparecía acto seguido. Más sorprendidas se quedaron cuando la guía les dijo que arriba no existía piso, sino tejado”.