Recuerdo que había un flujo de personas que se acercaban por las tardes a Santa María por el placer de encontrarse, de reconocerse como paisanos, mientras visitaban la iglesia o a la Patrona o a Jesús Nazareno. Hábitos de peregrinos de aceras, de gentes que apoyaban sus vidas en la de esa iglesia, como si el edificio los convocara y pudiera darles lo que no tenían. Ni siquiera era una costumbre sino una especie de ceremonia de identificación con la memoria del lugar, porque Santa María representa un río de tiempo que arranca con las raíces de la ciudad y, en su solar, se han levantado las mejores concreciones de las culturas que han hecho a Úbeda. Un espacio igual a un inmenso folio de piedra donde escribir los signos del arte, proclamar a la ciudad y negar la fugacidad y el olvido.