No recuerdo cuál fue mi reacción al enterarme de que Sus Majestades de Oriente no eran los que dejaban el regalo de la mañana del 6 de enero. El chasco debió ser de órdago. Tal vez la primera decepción de las muchas que a lo largo de la vida uno está obligado a encajar en el camino hacia la madurez. Los amores malogrados, las amistades perdidas, los sueños desechados, los ídolos caídos. Son tropiezos previsibles para quien se abre paso ante el imparable discurrir de los días.



"El portillo" por Ángel González
















