Muere Antonio Villargordo mientras termino de leer “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas. Un libro sobre el momento en el que Adolfo Suárez, con gesto desafiante, se queda en su escaño del Congreso de los Diputados, mientras silban las balas de los guardias civiles encabezados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. Sobre esa imagen del 23-F, el autor se adentra en un periodo básico para el desarrollo de la historia política de España. Analiza lo que califica como la “placenta del golpe”, los propios errores de un Suárez, capaz de acabar desde dentro con el franquismo, “hacedor de la democracia”, pero embriagado de poder y ensimismado en su soledad. Pero, sobre todo, esa placenta se alimentaba de las maniobras de partidos políticos, compañeros de siglas, medios de comunicación e, incluso, del Rey que le otorgó a aquel “falangista de provincias” la presidencia del Gobierno. Críticas furibundas, asfixia política y guerra sucia que daban alas a los que proponían una solución de urgencia, política o militar. Todo valía para derribar a un presidente del Gobierno hundido, pero aquellos meses supusieron, en la práctica, poner en serio peligro a una democracia en pañales.
Para un treintañero que sólo ha vivido la etapa de mitificación de la Transición y que asiste, perplejo, ahora, a la revisión ventajista de aquella época, el libro le contextualiza una sociedad y a sus dirigentes y le reafirma en la valía de personas que con sus renuncias ideológicas nos ahorraron a los españoles unas décadas de travesía en el desierto. Gentes como Antonio Villargordo, fundador del PSOE jiennense y añorado alcalde marteño, de ideario práctico y carácter conciliador que, en una fría tarde de mesa camilla de noviembre de 2005, me desgranó una vida de compromiso ejemplar. Apunto aquí algunas frases de aquel día que unen dos trayectorias dispares y necesarias en una España que fue capaz de construir una democracia de la nada:
“No esperábamos, que una vez muerto Franco, la monarquía se implantara. La sublevación fue contra la República, esperábamos, por lo tanto que se restaurara”, explicaba. “No teníamos confianza total en el Príncipe (Juan Carlos), creíamos que después de Franco aparecería otro, como pudo ocurrir”, agregaba.
-¿Se sintieron defraudados?: “Claro; pero, por otro lado, temíamos que si cargábamos las tintas con la restauración republicana, los militares se alzarían otra vez. Eso no podía ser”. (…) “La confianza nuestra era que Suárez había demostrado su capacidad de diálogo y que podía entenderse con la izquierda, eso fue un apoyo que nosotros valoramos mucho” (…).
Eran conscientes de que se quedaban a mitad de camino en sus aspiraciones, pero no querían otra guerra civil. Una guerra que él reproducía cuando la noche no le dejaba dormir. Así concluía aquella entrevista publicada el 20 de noviembre de 2005:
La disputa le marcó profundamente, ¿tuvo que matar en la Guerra Civil?: “Creo que sí. Fui tirador de fusil ametrallador y en un combate el 20 de diciembre de 1936, pasado el puerto de Castillo de Locubín, cerca de Alcalá la Real, descargué un cargador de cincuenta disparos. Recuerdo ese día con dolor, a mi familia le he explicado que creo que maté… era su vida o la mía. Me pongo malo al recordarlo. Ahora que duermo poco, paso la película de mi vida y temo despertar, porque recuerdo aquellos días y luego no puedo dormir”. Conciencia y cordura hasta el final.
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