Ni los policías saben qué hacer con ellos. Son menores, viven desprotegidos, deambulan por las calles y tienen un pasado difícil. Algunos fueron abandonados por sus padres, otros ni siquiera los conocieron y hay quienes recibieron palizas constantes desde que apenas levantaban un palmo del suelo. Son jóvenes con menos de 18 años que tienen atemorizado a un barrio entero. Les ampara la Ley del Menor, más aparente que real, y campan a sus anchas por parques públicos y barrios céntricos de la capital cuando el sol se esconde. Buscan la noche y el anonimato para asaltar a sus viandantes. No les importa la intimidación para conseguir su objetivo. Tampoco que alguien les reconozca. Muchos han ido poco a la escuela, pero conocen al dedillo las leyes y saben que nada les pasará si alguien los coge “in fraganti” en alguna de sus fechorías. La descontrolada situación que se vive en el Parque de la Victoria ha hecho saltar todas las alarmas.
Los vecinos intentan evitar la zona para llegar a sus casas, hay comerciantes que cierran antes del horario permitido para que la luz del día les ampare y otros vacían la mercancía de sus establecimientos para aminorar las pérdidas en caso de robo. Así viven quienes tienen sus “habichuelas” en el entorno de esta céntrica plaza de Jaén. Y nadie puede hacer nada. Ni siquiera los agentes policiales, quienes están hartos de ponerles las esposas, meterlos en el calabozo y verlos, al día siguiente, en la calle. El problema está en la Justicia, en las leyes, las mismas que exigen conciliar el carácter rehabilitador de los castigos con su efecto disuasorio. El objetivo es que el delincuente no tenga sensación de impunidad pero que tampoco se le cierre la puerta a la reinserción. Pero no lo consigue. Y eso hay que atajarlo.
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