En el silencio de la noche, las máquinas hacen vibrar el abrasante suelo de las solitarias calles de Jaén. Es época de vacaciones. El ruido y el polvo de las obras alteran la normalidad de un agosto diferente. Sorprende la ciudad por los cuatro puntos cardinales. Zanjas abiertas por todos lados presagian un proyecto con rango. No hace falta vivir en la capital para darse cuenta de que algo gordo pasa, que no es un simple asfaltado ni el mero arreglo de un acerado. La implantación del tranvía convierte Jaén en un territorio comanche. De noche, es imposible circular con sentido común y, sobre todo, hay peligro si se sobrepasan los diez kilómetros por hora. La ausencia de iluminación en la señalización vertical y horizontal confunde al conductor. Hay quien se ha empotrado contra las vallas rojas y blancas y otros que se “han comido” los pivotes azules instalados para la ocasión. Por suerte y, sólo por suerte, no hay que lamentar otros daños.
El acceso a la capital por el polígono de Los Olivares es toda una odisea no sólo para el que pisa por primera vez la ciudad, sino para el jiennense cuya zona constituye su ruta diaria de trabajo. Después de un descanso vacacional, regreso a Jaén y encuentro que, con el sol, las obras están bien organizadas y planteadas, porque ya se sabe que molestan, pero que luego tendrán sus beneficios, a pesar de que muchos todavía tengan sus dudas. Ahora bien, con la luna, es toda una aventura circular por ciertos tramos. Por favor, pongan fin a este territorio comanche antes de que ocurra una desgracia.
Todavía circulan por la red vídeos con una carga crítica contra la instalación del tranvía en la capital.
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