
La experiencia, la literatura, desde los tiempos lejanos en los que una mano anónima escribió los tragicómicos avatares del Lazarillo de Tormes, y el arte contemporáneo ofrecen suficientes muestras de que el placer visual no solo no sacia estómagos, sino que puede ser la flamante fachada en que se ocultan estructuras de barro y el continente de irrisorios, absurdos y patéticos contenidos.



SUPLEMENTOS






















