
En un mundo aquejado del mal de Maniqueo y construido a golpe de contrarios, casi cualquier sustantivo, verbo o adjetivo encuentra su antónimo: Hombre-mujer; amar-odiar; bueno-malo. Está comúnmente aceptado que la mente tiene que reducir y clasificar para alcanzar el entendimiento, pero, si se analiza con detenimiento cada dicotomía, la realidad y la mirada del observador empiezan a añadir los matices, las subjetividades, la relatividad.


























































