Actualizado
jueves, 22 junio 2017
20:35
h
URGENTE

Mari Carmen Martínez
“Me revisan el trabajo”

Fueron las circunstancias de la vida las que la obligaron, en cierto modo, a estrenarse en un oficio que vivió de cerca en su casa. Hace quince años decidió regresar a sus orígenes y escribir un punto y seguido en una trayectoria en la que poco había pisado el campo. Mari Carmen Martínez Pérez, residente en Fuerte del Rey, dejó de buscar trabajo cuando vio en el olivar familiar una solución al desempleo. Fue hace quince años cuando empezó un proceso de reciclaje que la llevó a convertirse en una de las primeras mujeres en obtener todos los cursos fitosanitarios. Cierto es que ella es la que se encarga del “papeleo” y de servir de apoyo a su hermano. Sin embargo, nada se le resiste. El tractor, la sopladora, la vibradora más grande, los remolques y la vara son sus herramientas diarias de trabajo. “Al principio me decían que tenía mucho valor y mi padre se echaba las manos a la cabeza. Sin embargo, hoy en día la gente ya está acostumbrada a verme en el campo”, explica. Envuelta en un mundo de hombres, lo único a lo que no se atreve es a ir sola al olivar. Siempre lo hace en compañía de su hermano. Por lo demás, nada se le resiste. “Procuro no pedir ayuda a nadie e intento, en la medida de lo posible, hacer todas las tareas sola”, apunta. Mari Carmen Martínez concluye: “Me da la impresión de que en este trabajo nos cierran muchas puertas y que me revisan constantemente el trabajo”.

“me considero atípica”

Pertenece a una familia de tres hermanos que constituyeron una comunidad de bienes para llevar las riendas del campo de sus antepasados. Ella es la representante y, además de encargarse de todos los quebraderos de cabeza que conlleva el papeleo, acude a diario a una finca de 250 hectáreas de olivar y cereal que tiene entre Jaén y Villatorres. Se considera una mujer “atípica”. Juana Moral López, nacida en la capital jiennense, es licenciada en Filosofía y Letras y en Derecho. “Como nunca me dieron trabajo en ningún sitio, decidí continuar con la tradición familiar”, argumenta. Es consciente de que se desenvuelve en un mundo relegado, habitualmente, a los hombres. “Me miran a la cara como si no supiera de qué va el tema. Hay mucho machismo todavía en el olivar”, comenta. Es más, ironiza: “Cuando voy a algún sitio a comprar maquinaria agrícola, me hago como que no sé del tema, porque si vas de listilla es peor”. Ella es la que se encarga de contratar a sus cuadrillas y, en este sentido, hace un llamamiento a las mujeres: se tienen que actualizar para trabajar en un campo que ya está mecanizado. Al respecto, Juana Moral puntualiza: “Han cambiado las formas de recolección de la aceituna y las máquinas juegan ahora un papel primordial, por lo que no nos queda más remedio que empezar a manejarlas”. Añade que el campo es muy sacrificado y variable.

“Nuestro fin es informar”

Es investigadora y formadora en Elaiotecnia y preside un colectivo de reciente creación. Elena Escuderos Fernández-Calvillo representa a la Asociación de Mujeres Catadoras de Jaén. Se trata de un movimiento asociativo que nació hace solo un año con un objetivo claro: cubrir la falta de información que tiene el consumidor en todo lo concerniente al aceite de oliva. Son cinco las mujeres que, por el momento, están inmersas en una aventura relegada, tradicionalmente, a los hombres. Sin embargo, no descartan abrir el abanico a ambos sexos en un futuro inmediato. Elena Escuderos explica que tienen dos misiones fundamentales. Por un lado, informar de las características que posee el producto de máxima excelencia que tiene la provincia y, por otro, difundir los beneficios saludables del “oro verde”. ¿Cómo lo hacen? A través de talleres y cursos impartidos allí donde las reclaman. Su público y sus clientes son consumidores, quienes reciben no solo clases teóricas sobre el etiquetado y los tipos de aceite que ofrece el mercado, sino también práctica. Son perfectas catadoras y tratan de ser solidarias con los jiennenses para que aprendan a distinguir entre un bueno, un regular o un mal “líquido”. Mañana lunes tienen previsto impartir “sapiencia” en Fuerte del Rey. Sus alumnos serán maestros de almazaras, y ellas, las mujeres que les enseñarán a consumir virgen extra por convicción.

“No nos podemos parar”

Rosa Vañó Cañada es la propietaria y directora comercial y de marketing de Castillo de Canena. Nieta e hija de aceiteros y economista de profesión, decidió poner un punto y aparte en su trayectoria —después de pasar por tres compañías americanas de renombre— para reconvertir una empresa familiar en una estructura comercial muy potente. Habla cuatro idiomas casi a la perfección y puede presumir de una amplia experiencia en todo lo relacionado con la comercialización. De la mano de su hermano, Francisco Vañó, emprendió un camino, hace trece años, en el que da cada día pasos de gigante. “Nunca he visto discriminación por sexo en mi trabajo, pero sí me he sentido observada”, comenta. Fue pionera en algunas de las cuestiones que, en la actualidad, empiezan a estar a la orden del día en la industria aceitera. Por ejemplo, en la producción de aceites gourmets, en la creación de la reserva familiar en el sector o en el rescate de los royales. Rosa Vañó asegura que se siente privilegiada por ser empresaria y madre. “Un hombre nunca podrá sentir la maternidad y, sin embargo, una mujer siempre podrá desempeñar las labores de un hombre”, reflexiona. Apunta que el momento actual que viven las mujeres es único en la historia. “Ya no nos podemos parar”, agrega. Ante todo, exige que haya profesionalidad y que se incremente la presencia de las jiennenses en los órganos de dirección.

“Me he ganado el respeto”

Con los dedos de una mano se pueden contar las mujeres que dirigen una cooperativa olivarera en la provincia. Ella tiene la suerte de presidir una en Lahiguera. Se trata de “Santa Clara”, un cargo al que accedió en 2014, después de enfrentarse a la candidatura continuista en las urnas. Fueron las primeras elecciones que se celebraron en la cooperativa y ella las ganó. “Yo creo que lo conseguí gracias a la ilusión que demostré desde el primer momento”, comenta. Tuvo que escuchar frases machistas y palabras malsonantes justo en el momento en el que fue elegida presidenta. Después se ganó la confianza y el respecto entre sus socios y, hoy en día, es uno de los referentes en la empresa. La ausencia de departamentos en una estructura que cuenta con apenas seiscientos asociados la obliga a estar al pie del cañón en todas las áreas. Personal, comercial y administración. Por sus manos pasan todas las áreas. Ingeniera agrónoma de profesión, el año pasado terminó un máster de Administración de Empresas Oleícolas por la Universidad Internacional de Andalucía. Trabajó en el Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Pesquera, Alimentaria y de la Producción Ecológica (Ifapa), pero en la actualidad está desempleada. “Yo no cobro nada como presidenta de la cooperativa”, agrega. Sin embargo, muchos de los avances experimentados en ella se deben a la profesionalidad de una mujer: Estela Funes.

“Mi mundo es de hombres”

Tiene dieciséis hombres bajo su mando y nunca escucha una voz más alta que otra. Antonia Fernández Hernández, natural de Canena, es maestra de maestros de almazara de Jaen-coop, un grupo oleícola que tiene dieciséis cooperativas asociadas. “Me desenvuelvo en un mundo de hombres, pero nunca he tenido un solo problema de machismo”, comenta. En realidad, ella está contratada por Iada Ingenieros, una empresa que confió en su profesionalidad después de adquirir experiencia en el ámbito de la investigación. Doctora en Ciencias Químicas y experta en Catas de Oliva Virgen por la Universidad de Jaén, su perfil encajó a la perfección cuando el grupo cooperativo buscó a alguien para controlar los preparativos, el seguimiento y el control absoluto de la campaña oleícola. “Mi empresa ha apostado por la profesionalidad y no ha mirado si soy hombre o mujer. Nunca he sufrido discriminación por razones de sexo”, argumenta. Controlar la calidad del fruto y la maquinaria son algunas de las misiones de un maestro de almazara. “Mi papel es estar con ellos, supervisar el trabajo y detectar posibles defectos. Es una labor de inspección y de asesoramiento”, explica Antonia Fernández. Madre de dos niños, se siente una afortunada por el trabajo y la familia que tiene, de quien tiene que echar mano en la época en la que hay más actividad en las almazaras. Su lema es “aprender y aprender”.