Actualizado
miércoles, 20 septiembre 2017
13:26
h
URGENTE

El museo azul de Marruecos

Xauen, Chaouen o Chefchaouen, los tres nombres de una misma ciudad, ofrece estampas únicas en un recorrido en el que destacan el color de sus fachadas y una impresionante luz natural
Ver comentarios
|
12/02/2017

Está considerada la perla del norte de Marruecos, un museo azul al aire libre que cautiva por su singular belleza. Su luz natural impresiona. No es de extrañar que pintores de renombre, como Eugéne Delacroix, Maria Fortuny o Henri Matisse, eligieran Chaouen en una época en la que solo Roma estaba de moda. Hay siete puertas para entrar en Xauen, Chefchaouen o Chaouen, las tres denominaciones que hacen referencia a esta ciudad marroquí. Siete puertas, como siete mares y siete cielos existen en toda medina. Está enclavada en las faldas de los montes Tisouka y Megou, en la Cordillera del Rif, que se elevan como si fueran dos cuernos que dan nombre a Chefchaouen, término bereber que significa “mira los cuernos”.

Cuenta la leyenda que, cuando España era territorio musulmán, Mulay Alí Ben Rachid se enamoró de Zhora, una joven del municipio gaditano de Vejer de la Frontera. Cuando los cristianos los expulsaron de la Península, emigraron a Marruecos y, allí, para paliar la añoranza que su amada tenía de su pueblo, el emir construyó uno a su imagen y semejanza. Su fundación está datada en 1471. Considerada una ciudad santa, permaneció protegida durante mucho tiempo de las incursiones extranjeras. Su población original estuvo compuesta, sobre todo, por exiliados de al-Ándalus, tanto musulmanes como judíos, motivo por el que la parte antigua de la ciudad tiene una apariencia muy similar a la de los pueblos andaluces, con pequeñas callejuelas de trazado irregular y casas encaladas.

El tiempo se detiene nada más llegar a Chaouen. Es el norte de Marruecos, el lugar más frío de África, el sitio en el que más llueve y, aunque la temperatura se asemeja a la del sur de España, nada tiene que ver con los pueblos marroquíes, en los que imperan el sol, las playas e, incluso, los camellos. Existen dos ciudades dentro de esta misma población: extramuros e intramuros. La primera es la más parecida a una capital de provincia, con tráfico en sus calles, pasos de cebra y algún que otro semáforo. La segunda se asemeja a un pueblo. Es otro mundo. Inalterada la fisonomía medieval original, recónditas y empinadas calles confluyen en la Plaza de Uta Hamman, el centro neurálgico de algo tan precioso como incómodo para caminar. Imposible utilizar tacones sin morir en el intento. La diversidad de tonos azules en las encaladas casas, cal sobre cal y más cal, convierte el paseo en una explosión de belleza hasta en el rincón más escondido.

las oraciones. Que nadie se asuste cuando, a las cinco de la madrugada, las voces despiertan hasta el más dormilón. No hay tecnología puntera en los hogares ni en los lugares públicos, pero los megáfonos de las veinte mezquitas que existen en Chaouen funcionan a la perfección. Es la oración del alba. A lo largo del día llegarán cuatro más: la del mediodía, la de la tarde, la de la puesta de sol y la de la noche. “Alá es grande”. Así comienza un rezo, cantado en árabe y con voz masculina. La ciudad se para y se observa cómo los más mayores acuden a las mezquitas de su entorno para recitar el Corán. Pocos jóvenes siguen la tradición. Ellos por una puerta y ellas, por otra. La vida de las mujeres en Chaouen merece un capítulo aparte. Trabajadoras por convicción, fieles guardianas de las costumbres y esposas que cubren su pelo, a veces también su cara, para sentirse bien consigo mismas. Un dato. Los bares de Chefchaouen solo tienen aseos para hombres. Ellas no están bien vistas en los sitios públicos. Solo las extranjeras tienen alfombra roja para entrar.

La vocación turística de la provincia hace del sector de la artesanía uno los principales sectores económicos y de desarrollo social. Este sector artesanal constituye una herencia cultural y artística cuya autenticidad, valor y originalidad se conservan de una generación a otra. Es el verdadero potencial de una ciudad en la que todo está por hacer. La medina es un buen lugar para perderse sin agobios como otras zonas más concurridas, entre las que destacan Fez o Marrakech. Alrededor de sus estrechas calles, por las que emana el agua de fuentes públicas ancestrales, se ubica el zoco, el verdadero cebo para el visitante, en el que se observa una vuelta al pasado con oficios desaparecidos en España. Los telares, los hornos de leña, las tiendas de piel, especias y joyas para las novias constituyen todo un festín para los sentidos. Contrasta la variedad cromática de los productos con el blanco azulado de las viejas casas.

La plaza más céntrica, la de Uta Hamman, alberga exquisitos establecimientos pensados para llenar el estómago, recomponer el cuerpo con el té y hacer la algarabía más fuerte. Delimitada por la casba y la Gran Mezquita, construida en el siglo XV, justo allí se alza el torreón en el que fue encerrado el líder rifeño Abd el Krim al terminar la guerra con España. Más vale perderse por las recónditas calles y huir de los vendedores de cannabis que a tantos turistas “hippies” atraen.

A las nueve de la noche, todo está cerrado. O casi todo. Siempre hay algún hostelero rezagado que hace la vista gorda por contentar a sus comensales. Así es Chefchaouen.

El museo azul de Marruecos
El museo azul de Marruecos
Una ruta para perderse
idcon=12622009;order=19

Está a escasos minutos de la medina de Xauen. Es una ruta que llega hasta una montaña en la que se alza la gran mezquita española. Lo primero que llama la atención, nada más cruzar el puente portugués, es el manantial de Ras el Maa, que brota en forma de cascada. Agua cristalina y limpia que las mujeres y sus hijas aprovechan para lavar como lo hacían nuestras abuelas en Jaén. Varios molinos de harina, convertidos ahora en restaurantes al aire libre, obligan al viajero a realizar una parada para inmortalizar estampas propias del pasado. Las chaouníes aprovechan para vestir a las turistas con el atuendo propio de las lavanderas por unos cuantos dirhams. Después de entre quince y veinte minutos de recorrido, entre olores a tomillo y romero, el destino es la Jamaa Bouzafar, una mezquita construida por los españoles que, eso sí, está cerrada y con signos de abandono. Desde allí se divisa todo Chaouen.