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URGENTE

Marga, un ángel solidario

Prácticamente toda su vida la ha dedicado a ayudar los más débiles. Margarita Orozco comenzó como voluntaria en la casa de acogida que las monjas Apostólicas tienen en Granada y desde que conoció la labor que realizan en El Salvador con los más pobres hizo de la solidaridad bandera
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08/10/2017
  • José María Castillo y Margarita Orozco, en una reciente visita a la comunidad “Dimas Rodríguez” de El Salvador.
    José María Castillo y Margarita Orozco, en una reciente visita a la comunidad “Dimas Rodríguez” de El Salvador.

Si hay un prototipo de mujer cooperante, esa es Margarita Orozco, a quien todo el mundo que la conoce la llama Marga. Y a ella le encanta. Su vida de voluntaria daría sobradamente para una novela de éxito, para una película taquillera y, ya puestos, hasta para un premio Pulitzer que nunca viene mal; pero considera que este no es el momento de dar a conocer su historia, ni posiblemente lo sea nunca.

Hay quien cree que Marga ha sido monja y cuando se le pregunta lo aclara: “Soy laica y muy laica”. La confusión quizá venga porque desde muy joven ha estado vinculada a las Apostólicas del Corazón de Jesús de Granada, donde una tía suya era monja y Marga se involucró, durante 15 años, como voluntaria en la casa de acogida de transeúntes. Eso le permitió conocer a fondo la labor que esta congregación realiza con personas que moran en los barrios más hipermarginales y pobres, que es donde suelen establecer sus casas conventuales. Un verano, hace 25 años, le planteó a las monjas que quería conocer su labor en otras partes del mundo y la mandaron a El Salvador. Marga se marchó para pasar un mes y cooperar con las apostólicas del barrio de La Chacra, el más paupérrimo de la capital, San Salvador. Desde entonces, su relación con este país centroamericano fue constante y todos los veranos pasa allí dos o tres meses. Al principio viajaba sola hasta que encontró el apoyo del jesuita granadino José María Castillo, colaborador de Diario JAÉN, que por entonces era catedrático de la Universidad Centroamericana (UCA) “José Simeón Cañas”, cuando también estaba en El Salvador el jesuita Ignacio Ellacuría, asesinado en 1989.

“La Chacra ahora está algo mejor, pero hace más de 20 años era un basurero. Allí colaboré con el médico de la parroquia. También me involucré mucho con los niños de la calle. He recogido a muchos que no tenían padres y sobrevivían de rebuscar en la basura, pues ese barrio era el vertedero de la capital”. Cuando, por avatares del destino, las hermanas Apostólicas cerraron su casa de La Chacra, Marga Orozco se dirigió a Chalatenango, departamento de El Salvador fronterizo con Guatemala. Allí tuvo experiencias muy duras y peligrosas que la marcaron. “Los mecanismos de defensa que tenemos el ser humano nos aferra a la vida, pero cuando pasa un tiempo te sorprendes y dices ‘no puedo creerme que yo haya vivido eso’. La relación de Marga Orozco con la comunidad de exguerrilleros “Dimas Rodríguez” surgió a raíz de que ella y la hermana Juana María, una monja mexicana asesinada hace dos años, visitasen cada jueves El Paisnal, municipio situado a 50 kilómetros de la capital. “De jueves a domingo visitábamos los cantones. Uno de ellos era la comunidad ‘Dimas Rodríguez’, formada por exguerrilleros a los que al entregar las armas se les dio un asentamiento. Cuando conocí esta comunidad me enamoré de sus gentes, por su unión, organización y forma de ser”, confiesa Marga Orozco. Le preocupó cómo vivían, en casas de barro, paja y plásticos que se deshacían continuamente con la lluvia, pues allí diluvia todas las tardes. “Yo les enviaba todo el dinero que conseguía y poco a poco se hizo la escuelita para los niños, el agua potable, un centro de cómputo con 12 ordenadores, se pusieron en marcha programas de medicina, de educación, de salud... Yo iba con la mentalidad de España y empecé con la educación y los libros y eso me costó muchísimo. Pero para ellos la prioridad era que los niños comieran porque la desnutrición era muy alta”, subraya Marga Orozco.

Entonces se puso en marcha un programa de alimentación y de atención a enfermos y mayores. Hoy, Marga Orozco no oculta su sastifacción porque 14 de aquellos niños han acabado sus carreras universitarias.

“Fue difícil poner en marcha todos estos proyectos, pero más difícil fue continuarlos durante 25 años, eso es horrible para el mantenimiento. Para construir unas casas dignas contratamos a un albañil y los miembros de la comunidad, sobre todo las mujeres que son las que llevan el peso de casi todo, aprendieron”, manifiesta Marga Orozco. Ella la que hizo las gestiones para construir unas viviendas más sólidas con tejados de chapa que las protegiera de las lluvias. Para ello contactó con Mensajeros de la Paz a través del jesuita José María Castillo y del sacerdote jiennense Julio Millán, hoy presidente de la Fundación Mensajeros de la Paz Andalucía, una entidad que, lleva a cabo dos proyectos: la alimentación diaria de los niños y otro de salud.

Julio Millán, por su parte, destaca que esta comunidad campesina es muy “concienciada y consecuente”. Y añade: “Conocí a esta comunidad campesina por medio de Marga Orozco. La Fundación Mensajeros de la Paz aceptó su petición de ayudar a la escuela y en temas de salud y desde entonces los venimos ayudando. Cuando voy a El Salvador, siempre los visito. A mí me conocen muy bien y a Paco Reyes, presidente de la Diputación de Jaén, también, porque lo llevé el año pasado”.

Francisco Javier Menjívar (el apellido debe de proceder del toponímico jiennense Mengíbar), periodista e hijo de los exguerrilleros Dolores y Florentino explica que la comunidad “Dimas Rodríguez” surgió el 15 de diciembre de 1992, tras la firma de los Acuerdos de Paz, el 16 de enero de ese año. “El campamento del Chaguite (ahora nuestro hogar) fue conocido como la zona de piedra por haber precisamente muchas rocas por los cerros y llanuras, fue en ese lugar donde se instaló un equipo de observadores de Naciones Unidas para verificar y acompañar el proceso de desarme y posteior reinserción a la vida productiva. En diciembre, 17 excombatientes de diversas zonas del país decidieron quedarse en el lugar y comenzar desde cero”.

“El espíritu de supervivencia nos aferra, y nos sorprende las cosas que hemos vivido”