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Las bicicletas son para personas con talento

BUENA DIGESTIÓN. “Deliveroo es una oportuniad más que ofrecen las nuevas tecnologías a los más avariciosos”
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09/04/2017

Hace unos cuantos meses que menudean por las calles de Madrid y Barcelona (y otras grandes ciudades del mundo) jóvenes ciclistas de los que cuelga un enorme morral cúbico y duro rotulado en su base con la palabra Deliveroo. Llevan comida preparada de diferentes restaurantes a casas particulares, oficinas, cumpleaños y otras celebraciones y fiestas. No son chicos de la pizza, ni repartidores de catering, son los hijos recientes de una emergente y poderosísima web mundial que nos otorga la gracia de que podamos comer platos “de todo el mundo” en el salón de nuestras casas con solo dar un clic.

Primero fueron los billetes para el viaje, los cines y otros espectáculos. Después, hoteles y restaurantes... hasta que llegó Amazon y Alibaba, que nos traen de todo. Ahora es un gran glotón llamado Deliveroo que, una vez bien rodadas las bicicletas por los barrios correctos, quiere servirnos, además de las hamburguesas, pizzas, sushis, etcétera, de la zona, comidas de restaurantes de ciudades lejanas. Ha lanzado una nueva plataforma que permitirá a cientos de restaurantes “llegar a nuevos públicos de todo el mundo, sin necesidad de disponer de establecimientos propios”, según leemos en el Diario de Gastronomía. Los impulsores del que deberíamos denominar restaurante global ofrecerán a los negocios que se animen a volar en esta noria universal “la infraestructura, incluyendo cocinas personalizadas, apoyo en el marketing local y flotas de riders”. Para ello —además del interés inmediato que despertarán en centenares de establecimientos— necesitarán a miles de chicos con buenas piernas y aún mayor necesidad. Sin embargo, no los reclaman apremiando esas cualidades físicas y el atractivo del dinero, sino que buscan “los mejores talentos”.

Así que un melindre puede ser repartidor Deliveroo si tiene talento. Además, los viernes —día de las mayores pedaladas o principio de un fin de semana alpino— darán ¡gratis! una comida de primera “sacada de los mejores restaurantes”. Nada se habla en su web reclamo de qué se paga a los chicos por los portes, ni de la protección que tiene contra pongamos que accidentes, y no digamos de seguridad social, esos conceptos son palabras desconocidas para esta clase de embelecos universales. El chico con talento será pues otro hombre solo; uno más, el testigo sudoroso y mudo que observa cómo se alimenta la satisfecha sociedad en la era de la desigualdad.

Deliveroo es una oportunidad más que ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación a los hombres más avariciosos de la Tierra (emprendedores) para acaparar todo (dominar el mundo) por medio del teléfono y las tabletas que han puesto en nuestras manos. Ahora se trata de aniquilar restaurantes, pues es posible disfrutar de platos de diseño de Fulanito de Peras de Livorno preparados en un galpón próximo al puerto seco de Coslada.

Continúa así la secuencia de desapariciones; cierran oficinas por el teletrabajo en casa, o Dios sabe dónde; merma el asalariado devorado por el autónomo; el becario, por el precario; el motorista ruidoso de las pizzas, por la pureza no contaminante y muy valorada de la bicicleta. Sí, se cierran los locales de trabajos terciarios (y los grandes y ordenados archivos de la memoria) y el nuevo mundo digital nos eleva a toda mecha hasta la nube donde, aseguran, deambularemos felices paseando en nuestras bicicletas.

Cada día que transcurre adquieren mayor peso y razón las reflexiones y apuestas del Nobel de Economía francés Jean Tirole (el pasado miércoles en Barcelona impartiendo doctrina en el Foro de la Economía del Agua) cuando afirma que la sociedad digital crece eliminando millones de asalariados y continúa deslizando al mundo hacia una pobreza creciente. De su pensamiento (que en otros aspectos se viene cumpliendo) podríamos inferir que el mundo real (los campos de trigo, las granjas y sus mataderos y los hombres que allí hoyan) desaparecen de nuestra vista, dejando de ser experiencia y memoria, hasta sumergirse como una de esas islas del Índico que ya oculta el cambio climático. Porque nos dicen que comemos carne de vaca, pero esos animales son solo figuras cornudas y amables en los cuentos infantiles; las espinacas, esas bolsas verdes frías ya apelmazadas, y el lúpulo, una palabra antigua que nadie sabe de dónde viene, pero que dicen que nada entre las burbujas de la cerveza.

El nuevo mundo entierra la cultura acumulada a lo largo de las historias a golpe de pedales de bicicleta y movimiento abanto de dedos sobre pantallas LED brillantísimas y cegadoras. Todo tan superficial, fácil y atractivo como un paseo en bicicleta por las riberas arboladas de los grandes canales europeos.

Nadie puede ver ya el foso donde se enfanga lo real, porque el vaho irisado de la nube lo impide.