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URGENTE

“El problema de España es su ideología estrecha y ridícula”

Faustino
Idáñez
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10/03/2019
A sus 83 años, el jurista, filólogo y antropólogo genavero no tiene pelos en la lengua a la hora de analizar la situación de España y de la provincia jiennense, de las que dice que, pese a la llegada de la democracia, “no han evolucionado”

Entrevistar a Alejandro Al sistema le interesa que gastemos. Las viviendas que se hacen no sirven para vivir en ellas, en invierno hay que calentarlas y en verano, enfriarlas, no sirven para vivir en ellas. Cosas así... Faustino Idáñez de Aguilar (Génave, 1936) es toda una aventura que tira por tierra cualquier guion establecido, de tanta riqueza biobibliográfica como derrocha este serrano “renacentista” al que, como le ocurría a Terencio antes de Cristo, nada humano le es ajeno.

—Para usted, experto lingüista, ¿qué significa ser serrano?

—La sierra tiene una entidad propia, geográfica, histórica, económica, cultural... Somos los vapuleados, la sierra es, siempre, la parte más pobre. Ahora tengo un libro en terminación, pionero en España, que se titulará “Una historia de la montaña española”. Todo lo que nos han contado es mentira, está basado en los informes de los ingenieros, en las opiniones de los políticos y en la documentación de los archivos de la administración. Pero, ¿quién le ha preguntado alguna vez a un ganadero, por ejemplo? El verano pasado pasé dos meses preguntando en la sierra a mieleros, maderistas, hortelanos... Esa historia, la de la cultura oral, no está escrita. Hay que ir a la población, a la sociedad, al hombre. Y todos los que escriben aquí (historiadores, especialistas, geógrafos, economistas..., sobre este asunto tienen una visión distinta a la mía. La ciencia se ha encapsulado, el geógrafo sabe de geografía y de ahí no lo muevas. Y eso es lo que yo propongo, una visión general.

—Se cumplen cuarenta años de democracia, ¿en qué medida ha influido esta nueva época en la evolución del territorio serrano?

—Todo esto que nos están vendiendo de la transición es mentira, ha habido una transición técnica, formal, pero no real. ¿A qué renunció Fraga?, a nada. ¿Felipe González?, al marxismo. Y Santiago Carrillo... tuvo que tragarse al rey, la bandera, el himno, todo. El espectro de la derecha, ¿a qué ha renunciado? A nada. España ha sido siempre el cortijo de la derecha. España es un país inmaduro, no está preparado, de ahí nuestro fracaso escolar, la corrupción, el paro más alto de Europa... Antes se iban los jornaleros y los albañiles, con una maleta de madera, a Suiza, Francia y Alemania, y ahora les mandamos a gente con doctorados, ¿eso es lo que hemos avanzado? ¿En eso ha desembocado aquella España rural, en que los más preparados emigren? Somos idiotas. ¿Cuándo le vamos a preguntar a los toreros, a los militares, a la Iglesia, al fútbol... por el feminismo? Los arquetipos de la sociedad española están ahí, inamovibles. El problema español es que tenemos una ideología estrecha y ridícula. En el ámbito provincial, Jaén, lo mismo que el país, sigue teniendo problemas muy graves, no ha evolucionado.

—¿Por qué se decantó por el Derecho, cómo nació esa vocación?

—Fue curioso, resulta que mi bisabuelo era notario de Segura desde 1860, treinta años. Tuvo veintidós hijos, uno de ellos mi abuelo, César, que fue juez de Alcaraz, un pueblo de Albacete, mucho tiempo. Me viene de familia. Cuando acabé el Bachillerato, que estudié en los escolapios de Albacete, un día mis padres me llamaron, tenían que hablar conmigo, y comentaron: “No hemos dicho nada de lo que va a estudiar el chiquillo”, y mi madre contestó: “Pues abogado, como su abuelo”. Eran las rutinas, el mundo que había antes, así se decidió y me fui a estudiar a Granada. Había que estudiar algo, entonces no teníamos vocación, salíamos de los colegios de curas sin formación y sin saber qué queríamos hacer.

—La cultura emprendedora está muy presente en su personalidad.

—Soy una persona que nunca ha estado encajonada, mi mente es muy abierta. Mi padre, que le llevaba treinta años a mi madre, murió, y en el plazo de dos meses se fue ella también, a los cuarenta y ocho años. Menos mal que teníamos bienes... Dejé de estudiar un año y me hice cargo de lo que teníamos (yuntas de vacas, olivos...). Busqué gente buena para que lo trabajaran y, una vez organizado todo, volví a estudiar. Terminé la carrera y empecé a trabajar.

Al acabar los estudios, regresé a mi pueblo. Había allí tres fábricas de aceite, y mi padre era accionista de dos de ellas, así que cuando él faltó, aproveché la facultad que tenía y modernicé aquello. Creé una cooperativa, con un planteamiento industrial, y también una caja rural local, sin permiso de nadie, por mi cuenta, con sus cartillas de ahorros, cheques, talonarios..., toda la documentación. Vendíamos aceite y hacíamos derramas, y en lugar de almacenar el dinero todo el año, lo repartíamos entre los socios. Era un círculo cerrado, lo que ahora se llama economía circular.

—A partir de aquel momento, su vida laboral ha sido intensa.

—Me salió una oportunidad laboral en una gran empresa, Barreiros Diésel. Me buscó, y hasta estuve en Pamplona haciendo las prácticas de apoderado, lo que ahora se llama director financiero. En cada provincia tenían un concesionario de camiones, coches, tractores... Fue una etapa estupenda, recuerdo que vivíamos en el Hotel la Perla, yo y mi familia, todo pagado por la empresa. Conocía a Ernest Hemingway, que estaba loco con mi hija, que entonces era una niña; lo mismo que los cronistas taurinos de Televisión Española de la época... Cuando terminé las prácticas me mandaron a León, donde estuve tres o cuatro años; allí hacía un frío tremendo, y me vine a Jaén. Como yo había hecho la caja rural en mi pueblo, conocía todo eso y entré de director comercial en Coosur, que tenía una plantilla de quinientos trabajadores. Fui director de su central lechera y de personal, en un momento en que empezaba el sindicalismo y había muchos líos. Luego me llamaron de Caja
Rural para ser asesor jurídico, y me encargué de los impagados, de modo que me recorrí la provincia entera. Desde entonces vivo en Jaén. En ese momento yo era conocido por la defensa que hacíamos de la sierra, por nuestras reivindicaciones, todas las semanas iba a la radio ha hablar de ello, así que me llamaron del Gobierno Civil para que me hiciera cargo de la secretaría del Juzgado de Menores, el juzgado decano; querían renovar todo el aparato franquista y había una vacante, me dijeron que querían a una persona de hoy. Cuando había elecciones, por ejemplo, me tocaba a mí organizarlo todo.

—Llegó usted a un aparato judicial lastrado por las costumbres del régimen. ¿Les costó mucho abrir las ventanas de los juzgados?

—Recuerdo que, un día, el juez me dijo que había concedido dos juzgados más a Jaén, y me encargó que hiciera gestiones para buscar locales, y le dije: “Las gestiones las tengo hechas ya, en la última planta de la Audiencia Provincial, el presidente tiene un piso de doscientos metros cuadrados y en la otra ala vive el fiscal jefe, fíjate si tenemos sitio para poner los juzgados”. Al principio, el magistrado se sorprendió, pero finalmente se hizo así, porque no podía entenderse que un presidente y un fiscal tuvieran vivienda oficial y, en cambio, el personal tuviera que pagar un alquiler para vivir. Así se fue abriendo brecha.

—Al final, docente, como su padre...

—Hubo convocatorias en el Colegio Universitario y saqué la plaza, he estado ocho o nueve años como profesor, querían que siguiera, pero yo quería tener más libertad, disponer de tiempo. Aun así, me jubilé a los sesenta y ocho años. Me querían con locura. Yo había ejercido el Derecho como abogado, como secretario judicial y, entonces, también como docente, desde todos los puntos de vista. Ya tenía mi carrera hecha, no tenía pretensiones, así que les dije a mis compañeros que me dejaran a mí las asignaturas que a ellos menos les interesaran. Me dediqué a dar clases en las escuelas técnicas (Derecho Informático, Legislación del Territorio...) y hacía las cosas a mi aire, no con la rutina de mis compañeros, gracias a mi experiencia. A mis alumnos los trataba de otra forma, y estaban encantados, congeniábamos perfectamente. Era un profesor muy práctico, muy cercano con ellos.

“Cronista” apasionado y riguroso

Además de la tesis doctoral “Vocabulario del Nordeste Andaluz” —un clásico de su bibliografía y de este campo de investigación—, es autor de libros como “Léxico de la región prebética”, “Geografía política de la provincia de Jaén”, “Cuentos y recuentos de una tierra” y un largo etcétera. “Bujaraiza” es otra de sus creaciones más destacadas, una publicación que incluye los textos que, a finales de la década de los 70, ofreció en las páginas de Diario JAÉN bajo el título “Río Madera Abajo”, amén de otras secciones.