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viernes, 17 noviembre 2017
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URGENTE

“Con 16 años hice una caja tallada y me dieron un premio”

Antonio Ortiz
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Ha tenido la suerte de convertir su pasión en su medio de vida y, con ochenta y un años de edad, este artesano del metal que es también un manitas como carpintero, ebanista, albañil, electricista y fontanero sigue creando piezas únicas

Desde que era pequeño tenía más que claro que lo suyo era la artesanía, el olor de las virutas, el tacto de los cables, y esta pasión, unida a una habilidad innata con las manos, lo convirtió en el maestro que ha llegado a ser después de una trayectoria que inauguróa a lo grande, con un premio regional de quinientas pesetas de su época. Jiennense de 1936 —“un año entretenido”, dice con una amplia sonrisa en el rostro—, su historia es la de un incansable luchador que, a base de esfuerzo y de constancia, se ha labrado una vida de la que se siente completamente satisfecho.

—¿El hierro ha sido siempre su material de trabajo?

—No, qué va. Hasta que tuve veinte años trabajé en el campo, en el Puente de la Sierra. Luego me fui a la mili, que la hice en Getafe (Madrid), una ciudad muy industrial, y allí aproveché para echar horas en las fábricas. Quería aprender, así que si en vez de cobrar hubiera tenido que pagar para trabajar, lo hubiera hecho. Cuando volví del servicio militar traía ya muchos conocimientos, que me sirvieron para colocarme en una fábrica de muebles. Yo siempre quise estudiar, así que me apunté por la noche mientras, de día, en los bajos de mi casa —cerca del convento de las Bernardas—, hacía muebles para la gente, que me encargaba muchos. Cuando vi que el negocio empezaba a decaer, por la aparición de muebles que venían ya hechos desde Valencia, me di cuenta de que había que buscar otra cosa, así que lo dejé.

—¿Ahí empezó su relación profesional con la herrería?

—No. Lo que hice fue pasarme a hacer carrocerías para camiones, que era muy fácil para mí. El problema es que aparcaban en la puerta de mi casa, porque no cabían en el bajo, y me dijeron que podía tener problemas, alguna multa. Entonces seguí estudiando y, animado por mis profesores de Formación Profesional, me presenté a unas pruebas para ser monitor. Aprobé a la primera, conseguí la plaza en 1972 y entré a trabajar en el Instituto Psicopedagógico Virgen de la Capilla. Para entonces ya estaba casado y tenía tres hijos. Ahí empezó mi relación laboral con el hierro.

—Siempre quiso aprender y terminó siendo monitor.

—Sí, y estoy muy contento por ello. Hasta que me jubilé, en el año 2002, me dediqué a enseñar un oficio a muchachos de diecisiete y dieciocho años con discapacidad. Para ello, además del examen, hice un curso de enseñanza terapéutica y me acordé de cómo me daban clase mis maestros. Recuerdo a un alumno que era un fenómeno con la soldadura; tanto, que cuando dejó el centro se lo llevó un hermano suyo a Ibiza a trabajar con él y, en una ocasión que vino a Jaén, me visitó y me enseñó dos cartillas de ahorro en las que guardaba lo que ganaba. ¡Le iba fenomenal!, y eso fue una satisfacción muy grande para mí.

—¿A quiénes considera sus maestros en este oficio?

—Principalmente a Miguel Pozas, que me dio clases en el colegio Santo Tomás y me enseñó muchísimo. Era muy buena persona.

—Como buen manitas, seguro que tiraban de usted para alguna que otra chapuza, ¿verdad?

—La verdad es que las monjas siempre me pedían cosas, y yo estaba encantado de ayudar. Por sesenta mil pesetas hice en el instituto un porche de uralita traslúcida que les habían presupuestado en dos millones; por supuesto solo les cobré el material, porque la mano de obra la puse yo. Además cambiaba las bombillas, arreglaba los grifos...

—Su paso por el Instituto Psicopedagógico fue una experiencia muy importante para usted...

—Claro, y yo me involucraba mucho en las cosas del centro. Hubo un momento en que muchos maestros se quejaban del ruido que producían los niños con las herramientas, hasta el punto de que llegué a temer que eliminaran los talleres. Como el patio tenía unas columnas, propuse a las monjas levantar allí el taller, con ayuda de los propios alumnos, autorizados por sus padres, claro. Uno hacía masa, otro traía un ladrillo y, poco a poco, lo construimos entre todos.

—¿Con su trabajo como monitor encontró la estabilidad?

—Bueno, todo lo que pudiera llevar a mi casa era bien recibido. Así que me coloqué, durante dos años, en los cines Avenida, como portero, aunque al final terminé encargándome también de tareas de mantenimiento. Al cabo de ese tiempo bajó el número de gente que iba a ver las películas y, como el gerente no quería despedir a nadie y yo me di cuenta de la situación, una noche le dije que no se preocupara y me despedí yo mismo. Poco después entré en la empresa Gutiérrez Zafra, así que estaba todo el día de trabajo en trabajo.

—Llegó la jubilación y, con ella, más tiempo para descansar y retomar costumbres que el trabajo no le permitía desarrollar como le hubiese gustado hacerlo...

—Sí. Algunos años atrás había hecho cosas que me gustaban mucho, como unos letreros que me encargó el Ayuntamiento de Jaén, con alambre y siluetas de la Catedral, el Santo Rostro, ramos de aceituna y una leyenda que decía: “Bienvenido a Jaén, ciudad del Santo Reino”—estuvieron bastante tiempo hasta que los quitaron—. Pero fue al jubilarme cuando pude empezar a trabajar otra vez el hierro para hacer crucifijos, letras, farolillos y muchas otras cosas más.

—En Forjas Ruiz, ubicado en el Puente Nuevo, se exponen muchas de las piezas que ha realizado a lo largo de los últimos años.

—Sí, aquí están las lámparas, las sillas, las mesas y todo lo que he hecho. Este taller, que lleva mi hijo Antonio, lo levantamos él y yo sobre la parcela que le tocó de la herencia de mi madre. A él le llegó el momento de decidir si estudiar o trabajar, y prefirió la forja. Y ya lleva diecisiete años en el oficio. Es muy bueno en su trabajo.

—¿Qué hace con sus creaciones? ¿Las vende, las regala?

—Al principio las hacía para venderlas, porque siempre me venía bien. Todavía tengo, por ejemplo, farolillos que no suelen encontrarse ya en ninguna parte y que mucha gente buscaba. Pero la verdad es que ya no lo hago por negocio. Como ahora puedo dedicarle el tiempo que yo quiera, ayudo a mi hijo.

—¿Aparte de mesas y sillas ha elaborado otros enseres?

—Aquí hay atriles de pie y de mesa, pies de micro, faroles, crucifijos, candelabros y muchas más. Además, todos los diseños son míos.

—¿Cómo los diseña?

—Pues aunque he hecho bastantes a ordenador, y últimamente con la “tablet”, la verdad es que prefiero diseñar a lápiz, es como más me gusta.

—¿Recuerda cuál fue la primera pieza de artesanía que labró?

—Perfectamente. Cuando tenía dieciseis años de edad, con madera de olivo hice una caja labrada, del tamañao de las que se usan para guardar los zapatos, pero como yo no utilizaba todavía gubias ni herramientas de ebanista, usé destornilladores y cosas así. La cuestión es que la enseñé y me dijeron que la llevara a una exposición que se celebraba entonces. La llevé y cuál fue mi sorpresa cuando fuia a verla que, cuando me acerqué, estaba casi tapada con una hoja de papel. Yo quería quitar esa hoja, para que se viera bien mi trabajo, y el guarda que había en la puerta, al verme merodear mi caja, se acercó; entonces le dije que por qué la habían tapado y que le quitara el folio. Él me preguntó si la había hecho yo y, al decirle que sí, me abrazó diciéndome que la habían premiado. Me dieron quinienta pesetas.

—Fontanería, electricidad, pintura, carpintería metálica... ¿Nunca ha hecho ascos a nada?

—Un oficio es como conducir un coche; al principio no sabes, pero al cabo de un año, por ejemplo, ya se hace casi sin pensar. Siempre he creído que lo que cualquiera es capaz de hacer, por qué no iba a ser capaz de hacerlo yo también?

Una casa hecha con sus manos

Vive en el Puente Nuevo con su esposa, en una casa que construyó hace cuarenta y cinco años y que habla de su dueño por todos sus rincones. Mesas de forja, arcos, puertas, sillas, incluso una artística fuente de piedra cuya taza también es obra de Antonio Ortiz Colmenero. Dice que está encantado de vivir rodeado de naturaleza y de numerosa su familia, que une cada domingo alrededor de una mesa para disfrutarla bajo el techo que él mismo levantó de la nada con su tesón.