El idolillo de la cueva de El Miguelico, historia de un despropósito

15 feb 2016 / 09:42 H.

La historia y el paradero del idolillo de marfil que fue encontrado en la cueva de El Miguelico, en el cerro del mismo nombre, término municipal de Torredelcampo, puede definirse como la crónica de un despropósito, de un desatino, de una ignominia.

Para que podamos comprender esta humillante peripecia, conozcamos su historia. En 1916, el historiador Enrique Romero Torres publica en un artículo titulado “Antigüedades ibéricas en Torredelcampo” el hallazgo de una cueva en dicho cerro, de entrada angosta pero con dos amplias estancias, siendo la segunda mayor que la primera, con bóvedas pobladas de estalactitas.

Según el historiador, en 1914 alguien encontró en la segunda estancia una losa, debajo de la cual había un idolillo de marfil junto a un esqueleto humano. El idolillo medía 13 centímetros de alto por 2 de ancho y, según Romero de Torres, “representa un exvoto femenino acusado por el triángulo sexual y por la rizosa cabellera que cae por su espalda. No son comunes en el arte ibérico representaciones análogas, porque, generalmente, todos los exvotos humanos están labrados en bronce y no en marfil”. Efectivamente, era de marfil porque no era ibérico ni fenicio, sino mucho más antiguo: de la Edad del Cobre, alrededor del 2500 a. C.

Posteriormente, en 1956, el doctor Eduardo Arroyo Sevilla, en su discurso de ingreso al Instituto de Estudios Giennenses, habla del idolillo, en un artículo llamado “Un idolillo excepcional”. En consonancia con lo que publicó el historiador Enrique Romero, comenta que por 1914 un pastor le indicó al doctor que gentes del pueblo habían sacado un “muñequillo”, lo que impelió a don Eduardo a indagar la cueva, también conocida como “de Golliat”, encontrando la losa movida, con huesos humanos debajo y la tierra removida. Tras pesquisar activamente por el pueblo consiguió hallar la figura, que se encontraba, según cuenta, en las “manos destructoras” de unos chiquillos, hijos de un labrador amigo, el cual se lo donó.

Tras varios años, Ramón Espantaleón, muy interesado en el idolillo, lo recibió como un regalo de parte de don Eduardo. Consciente de la importancia del “monigote”, después de leer el Boletín de la Real Academia de Historia quiso devolvérselo un tiempo después, pero no fue hasta 1956 cuando lo donó al Instituto de Estudios Giennenses. Durante ese discurso de ingreso de don Eduardo el idolillo fue expuesto al respetable, estando ya bien fotografiado y documentado como exvoto posiblemente de origen íbero o fenicio.

Sobre 1964, Blanco Freijeiro se refiere a él en una publicación, incluyendo una fotografía, y lo fecha correctamente (Edad del Cobre), asociándolo a otro exvoto hallado en los Marroquíes. Años después, el catedrático Javier Carrasco Rus busca con ahínco el idolillo, en razón de un libro de la época que estaba preparando, pero de manera infructuosa.

Al parecer, en su traslado del Instituto de Estudios Giennenses al entonces nuevo Museo Provincial de Jaén, desapareció para siempre, porque nunca más se llegó a saber de él ni de su paradero. Esta indignante e inexplicable negligencia nos privó par siempre a las siguientes generaciones de su disfrute, examen, contemplación y recreación. Una figurilla, ejemplar tan escaso y valioso cultural e históricamente, que se había conservado durante más de 4.500 años junto a los restos de sus coetáneos en las entrañas del cerro Miguelico, y tras superar enormes vicisitudes, como sobrevivir a las manos de unos niños, desapareció para los restos de la manera más tonta e inconcebible, cuando ya se encontraba en posesión de las instituciones.

El acueducto romano de la Senda de los Huertos, destruido en 1976, el del Huerto Cárdenas en la Magdalena, el convento de San Francisco, el teatro Cervantes, las puertas de la muralla como la de Santa María y la de Noguera, diferentes palacios, casas solariegas y tradicionales, iglesias, conventos y ermitas, etcétera, aparte de los inmumerables expolios que se han producido en los yacimientos de la provincia, forman parte de la ignominia de nuestra tierra, de la que hoy he querido traer a la memoria también la de nuestro malogrado idolillo.