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viernes, 14 diciembre 2018
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URGENTE
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José Villar Casanova VICA

El último verano

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N o tardará demasiado tiempo en que cuando algún viejo aún con mucha memoria, cuente a sus nietecitos el cuento de “El sastrecillo valiente”, tenga que explicarles con detalle qué era un sastre porque para entonces ya no quedará ninguna persona que se dedique a esa profesión que, cuando yo era un chaval, proliferaba por todos los barrios de Jaén. Por el barrio de San Ildefonso, donde yo me crié, recuerdo a Félix y López en la calle Arroyo; a Molinos, en la Reja de la Capilla; a Jacinto Pérez, en la Carrera; a Manolo, en Adarves Bajos, y otros muchos más, sobre todo a Jorge Higueras, en el Pósito, que fue quien me hizo el traje de mi primera comunión. En los últimos años, comentaba que ya solo conocía a dos sastres que continuaran en el oficio, mis amigos Vicente de la Casa y Juanjo Jiménez, hijo del que fue popular sastre de las “4 jotas”. Precisamente a Juanjo lo saludé hace pocos días. Lo que no sabía es que ya Juanjo es el único sastre que conozco, porque a través de Carlos de Pablo me enteré que Vicente de la Casa Cárdenas falleció este último verano. Podría pensarse que con el paso ya de muchos años se puede blindar el corazón, se pueden dominar los sentimientos, para que las desgracias de la vida no te hagan tanto daño. Pero no es así. Cada familiar, cada amigo que nos deja se lleva algo de nuestra vida a cambio de dejarnos un puñado de recuerdos. Y yo recuerdo a Vicente desde que se independizó, allá a mediados de la década de los 70, y puso una pequeña sastrería al principio de la calle Cerón, junto al bar “La Barra”. Después, pasó su taller a la calle Doctor Arroyo, justo frente al bar “Pepón”. Allí le hice yo más de una visita para que me diera muestrarios de telas que yo empleaba —y sigo haciéndolo— en mis caricaturas. Cuando Carlos de Pablo, dueño de “La Barra”, me dio la noticia, me comunicó que Vicente, no mucho antes de morir, le dejó un sobre para mí. Lo recogí el pasado viernes y dentro, encontré un dibujo que yo le hice hace casi 50 años, de una niña de 5 años —mi hija mayor vestida con un traje-pantalón rosa— que sirvió de modelo para que Vicente le hiciera esa prenda a mi hija. Jamás pensé que algo tan sencillo lo tuviera guardado mi amigo el sastre. Pero me dejó algo más, ese recuerdo de buena amistad, esa generosidad con la que siempre me trató y un buen puñado de muestrarios para vestir más caricaturas de las que ya puedan quedarme por hacer.