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jueves, 13 diciembre 2018
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URGENTE
Imagen TOMAS AFAN
Tomás Afán

Otoño en Jaén

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Hojas de otoño, renglones de octubre, un poco inconexos, por el viento, que los desordena. El otoño en Jaén es, a menudo, borrascoso y ventoso. Sí, todos conocemos la potencia del viento de Jaén, capaz de, por ejemplo, destrozar de una dentellada los emblemáticos árboles y arbustos de la Plaza Deán Mazas, un rincón que muchos atesorábamos en nuestro archivo emocional. Y que pasará a ser otro espacio que convivirá, en la nostalgia, con imágenes de la primavera y el verano de nuestras vidas, como el ochío, el palodú, jugar al pinchiqui, el voceo de “la hoja” de los domingos, Furnieles, los jardinillos, Tejidos gangas, el cine Lis Palace o el teatro Asuán. Curiosa generación la nuestra, la de los otoñales, los que ahora rondamos los 50, los que nacimos alrededor del 68, cuando en París los estudiantes iban a cambiar el mundo, y desde Londres y California los hippies extendían la libertad y el amor, y la ciencia lograba que pudiéramos pisar la Luna como primer paso para colonizar el Cosmos. Mientras, en la Plaza Santa María nuestra armoniosa Catedral nos observaba con el mismo gesto condescendiente con que nos contempla ahora, cuando París se ha convertido en un parque temático clasista, los cándidos hippies han sido sustituidos por deslenguados raperos, y hemos eliminado la línea ferroviaria hasta la Luna y el resto del Cosmos, porque no nos sale rentable el viaje y la ratio de astronautas por trayecto y el coste de la infraestructura no compensa, por el momento, la escasa demanda de turistas interesados en hacer la ruta de los cráteres ni de bañarse en las playas del Mar de la Tranquilidad. Y a nadie le importa que condenemos a nuestro satélite al aislamiento. ¡Qué penica da la aislada Luna y qué penica da también la aislada Jaén! El viento de octubre mueve las hojas de los árboles, y también las hojas de mis libros y de mis cuadernos, y en una de esas hojas (no estoy seguro si es de un libro o de un cuaderno o de un árbol) veo un pensamiento: ¿y si la cultura sirviese para algo? Festival de bares de otoño de Jaén, coreografías de barra, tramoya de botellas, la tapa del primer acto arrancando el aplauso del entregado público. Y la cultura nos resulta cara: con lo que cuesta un concierto o una obra de teatro me puedo beber una cerveza y una copa, y en los teatros no ponen tapa. Otoño en Jaén, nostalgia de teatros perdidos y de viejas plazas, y de rincones y monumentos. Desolado paisaje de sueños rotos, que se superponen a los mil estratos de los sueños rotos de las generaciones anteriores, en el fondo de los cuales tal vez se sitúen los restos primigenios de nuestro glorioso pasado de urbe puntera de la olvidada civilización de la Atlántida, idea con la que el mismísimo James Cameron se aventuraba a especular a través de un documental. ¡Qué cosas! Melancolía de la Atlántida perdida, apenas aliviada por la posible apertura de un par de nuevos centros comerciales en Jaén, basílicas de nuestra nueva fe, capaces de consolar la aflicción otoñal con la perspectiva de próximos rebrotes del consumo germinando en nuestros paisajes. Otoñales en Jaén, haciendo balance de lo que hemos hecho por nuestra ciudad, por nuestra tierra, ¿cómo éramos? ¿Qué nos ilusionaba? ¿Qué queríamos legar a nuestros hijos? Y sobre todo ¿qué ha sido de nuestros sueños de crear una sociedad más volcada hacia la reflexión y la creatividad? No sé... Tengo dudas... Pero ¿y si la cultura sirviese para algo? Creo que... me voy al bar a tomarme unas cervezas.