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domingo, 20 mayo 2018
19:11
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URGENTE

Un día como otro

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L a vida me ha enseñado que todos los días son buenos para todo. Para hacer realidad un sueño, para cumplir una promesa, para ser generoso, para sonreir, para llorar. Y cualquier día es bueno para recordar a alguien que fue tu amigo sin que importe cuándo se fue. Siempre he sido un vocacional de la amistad e intenté ser leal, afectuoso, cordial, con mis amigos. A lo largo de ya casi 30 años de existencia de esta “brisa de la Alameda”, he vertido en sus renglones el triste testimonio de la pérdida de muchos familiares, de muchos amigos, buscando decirles con mis torpes palabras las cosas que no les dije en vida, agradeciendo sus afectos, los momentos que compartimos juntos y, también, queriendo dejar escritas en estas humildes columnas sus virtudes, su trabajo, su huella, para que su recuerdo sea más reconfortante. Las leyes naturales hacen que, cuando se viven muchos años, las ausencias aumenten. Han sido varias las “brisas” que dediqué a amigos que se fueron en los pocos días que llevamos de año. De uno muy entrañable no dije nada, porque ya saben que mis comentarios deben ir acompañados de una caricatura. Y ésta no la encontraba. Pero no me había olvidado de José Fernández García, ese jiennense que dedicó su vida a la docencia que ejerció en todos los niveles de la educación, desde la primera enseñanza a la investigación y a la gestión universitaria en las Universidades de Granada y Jaén. En el campo de la literatura dirigió algunas publicaciones, escribió monografías históricas y otras obras, la última –publicada en el 2015- “Desde Jaén ni...”, una recopilación de artículos de los muchos que escribió para Diario JAEN complementados con algunos ensayos históricos sobre personas de Jaén.

Pepe fue un hombre llano, sencillo, culto, de sonrisa constante. Juntos compartimos no sólo esa vocación de la escritura sobre temas jiennenses, sobre nuestro Jaén y nuestras gentes, sino que también tuvimos en común la inquebrantable fidelidad al Real Jaén. Su figura, acompañado siempre de su inseparable Lorenzo Morillas, otro irrenunciable seguidor del equipo blanco al que prestó desinteresadamente grandes servicios, como el de evitarle un descenso, se hacía imprescindible en el viejo y en el nuevo Estadio de la Victoria, donde ha dejado un gran vacío. Ya ven, hoy es un día tan bueno como otro para testimoniar mi respeto y mi recuerdo a un amigo que se fue.