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El “cochino” con el lazo rojo y otras tradiciones de Noalejo

El investigador local Francisco Javier Martos ahonda en las costumbres perdidas por la festividad de San Antón
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12/01/2018
  • RECIÉN RESTAURADO. El “San Antón” de Noalejo, preparado para la fiesta.
    RECIÉN RESTAURADO. El “San Antón” de Noalejo, preparado para la fiesta.

Cuando tenía “veintipocos” años, dedicó todo un verano a hablar con la gente mayor de Noalejo y, ahora, con muchas de las anotaciones que conserva, teje y recupera algunas de las tradiciones festivas de su pueblo, con todas sus singularidades. Es el investigador local Francisco Javier Martos Ortega, y el último artículo que acaba de preparar es sobre la fiesta de San Antón, para la que se prepara ya el municipio de Mágina. “Cada información que me daba, la contrastaba con dos o tres personas más de la misma época. Asimismo, también me sirvió algún dato del libro ‘El mayorazgo de Noalejo’, de Manuel Amezcua”, apunta.

De hecho, la primera referencia a la fiesta la resalta esta publicación: “Ya en 1736 un documento afirma que en Noalejo existe una tradición de celebrar San Antón, esta consistía en llevar al Santo en andas, rezando y cantando letanías, y al acabar dicha procesión celebrar en la iglesia una eucaristía en su honor, como recoge Amezcua”.

En aquellos tiempos, como explica, con la economía de subsistencia, los animales que cada familia eran verdaderos “tesoros”: “Mucha gente me decía que si, por ejemplo, se moría el mulo de la familia era una desgracia”. Y San Antón era la festividad de las bestias. “La gente encomendaba al santo sus animales como ofrenda, se encendían las hogueras”, apunta. En el artículo así lo explica: “La víspera del día de San Antón comenzaba la fiesta con las tradicionales lumbres, estas se hacían en las calles del pueblo, todo vecino que tenía en su casa algún animal encendía en su puerta una lumbre, implorando protección”. Aquí explica que estas hogueras se realizaban con aulagas —abulagas como se les conoce en Noalejo—, un matojo del bosque mediterráneo. “También se quemaban serones o aparejos viejos”, añade. Y escribe: “Es un olor típico de las calles de Noalejo en esta festividad, así como en el día de la Candelaria, cuando también se hacen lumbres en la calle”. En torno a estas lumbres se cantaban canciones típicas, danzando cogidos de la mano alrededor de la lumbre: “Hay una letrilla que dice San Antón, San Antón, que me guardes un rincón, en la Gloria sí, en el infierno, no”.

Otra tradición era la compra de un pequeño cerdo —no se sabe si por la mayordomía o por una hermandad— que se criaba por las calles y lo alimentaban los vecinos. “El cerdo llevaba puesto un lazo rojo en el cuello con un cascabel, para que los vecinos supiesen por dónde iba y así alimentarlo y resguardarlo. Se esmeraban para que el cochino estuviese bien cebado para el día de San Antón, cuando era rifado. Posteriormente, era sacrificado o vendido si se trataba de una familia con pocos recursos”, detalla. Con el dinero de la rifa, se pagaba la fiesta y el cerdo para el año siguiente.

Pocas de estas tradiciones se conservan hoy en día, sí la de realizar las lumbres como espacio de convivencia vecinal que se maridan con carnes asadas y dulces típicos, como explica el investigador, como son las tortillas de chocolate y los cañamones.

Este año, los noalejeños cuentan con la imagen del santo recién restaurada. De hecho, llegó a la parroquia hace apenas unos días. Como explica el investigador, la talla del granadino Jiménez Mesa, datada en 1941, estaba en muy mal estado y ha sido sometida a un proceso de recuperación por parte de Elena de Isidro Recuerdo.